miércoles, 23 de octubre de 2013
EL RETORNO DE LO POLÍTICO. Chantal Mouffe.
Introducción. POR UN PLURALISMO AGONÍSTICO
Si no se puede informar el porvenir con ayuda de una gran
batalla, es preciso dejar huellas del combate. Las-verdaderas
victorias sólo se consiguen a largo plazo y de cara a la noche.
La lucidez es la herida más próxima al sol.
RENÉCHAR
En este final de siglo, las sociedades democráticas se encuentran
ante un conjunto de dificultades y muy mala preparación para afrontarlas.
Los múltiples gritos de alarma ante los peligros del populismo
o de un posible retorno del fascismo son señales del creciente desasosiego
de una izquierda, que ha perdido su identidad y que, al no poder
pensar en términos de adversario, busca desesperadamente un enemigo
que pueda devolverle una apariencia de unidad. Incapaz de comprender
el papel central de las pasiones en política y la necesidad de
movilizarlas con vistas a objetivos democráticos, acusa a los demás
de jugar con la emoción contra la razón. En lugar de prestar atención
a las demandas sociales y culturales que se le escapan, prefiere agitar
viejos fantasmas con la idea de poder así exorcizar los supuestos demonios
de lo irracional.
Tras haber creído en el triunfo definitivo del modelo liberal-democrático,
encarnación del derecho y de la razón universal, los demócratas
occidentales han quedado completamente desorientados
ante la multiplicación de los conflictos étnicos, religiosos e identitarios
que, de acuerdo con sus teorías, habrían debido quedar sepultados en
un pasado ya superado. Hay quienes, ante el surgimiento de esos nuevos
antagonismos, evocan los efectos perversos del totalitarismo, y quienes
ven en cambio un supuesto retorno de lo arcaico. En realidad, muchos
pensadores políticos habían creído que con la crisis del marxismo y el
abandono del paradigma de la lucha de clases podrían prescindir del
antagonismo. Por esta razón se imaginaban que el derecho y la moral
vendrían a ocupar el lugar de la política y que el advenimiento de las
identidades «posconvencionales» aseguraría el triunfo de la racionalidad
sobre las pasiones. .La cuestión fundamental, a sus ojos, consistía
en la elaboración de los procedimientos necesarios para la creación de
12 El retorno de lo político
un consenso supuestamente basado en un acuerdo racional y que, por
tanto, no conociera la exclusión. El interés por autores como Rawls o
Habermas se inscribe en ese movimiento, de la misma manera que e!
entusiasmo por ciertas formas de filosofía de! derecho y de filosofía
moral de inspiración kantiana. A todos aquellos que se atrevían a dudar
de esa visión se los acusaba de irracionalismo y se los fustigaba por
sus inclinaciones al decisionismo y al nihilismo. Bien visto, no había
espacio para ellos en e! famoso consenso sín exclusión.
En esas actitudes, e! pensamiento político de inspiración liberaldemocrática
revela su impotencia para captar la naturaleza de lo polí-.
tíco. Pues de lo que aquí se trata es p.recisamente de lo político y de la
posibilidad de erradicar e! antagonismo. En la medida en que esté dominada
por una perspectiva racionalista, individualista y universalista,
la visión liberal es profundamente incapaz de aprehender e! pape! político
y e! pape! constitutivo de! antagonismo (es decir, la imposibilidad
de constituir una forma de objetividad social que no se funde en
una exclusión originaria). Allí es donde hay que ver e! origen de su ceguera
ante e! vasto proceso de redefinición de las identidades colecti-'
vas y e! establecimiento de nuevas fronteras políticas que caracterizan
este fin de milenio; ceguera que puede tener graves consecuencias
para el futuro de las instituciones democráticas.
La desaparición de la oposición entre totalitarismo y democracia, que
había servido como principal frontera política para discriminar entre amigo
y enemigo, puede conducir a una profunda desestabilización de las sociedades
occidentales. En efecto, afecta al sentido mismo de la democracia,
pues la identidad de ésta dependía en gran parte de la diferencia que
se había establecido respecto de! otro que la negaba. Portanto, es urgente
redefinir la identidad democrática yeso no puede hacerse sino a través
de! establecimiento de una nueva frontera política. Pero es precisamente
eso lo que una perspectiva racionalista y universalista impide comprender,
puesto que deja en suspenso todo lo que depende de la política en su dimensión
de relaciones de fuerza y de relación amigo/enemigo.
EL LIBERALISMO Y LA EVASIÓN DE LO POLÍTICO
Los textos aquí recogidos están animados por la misma convicción:
la de que sólo se podrá proteger a las instituciones democráticas
Introducción 13
de los diferentespeligros que las asedian, si se abandona la perspectiva
racionalista que lleva a obliterar lo político en tanto antagonismo.
Con esta perspectiva propongo una crítica al nuevo paradigma liberal
inaugurado por John Rawls. Esta misma convicción me ha llevado a
reflexionar sobre la controvertida obra de Carl Schmitt, con vistas a repensar
la democracia liberal tratando de aportar una respuesta a las
críticas de Schrnitt. También él reprocha al liberalismo que trate de
aniquilar lo político y creo que en eso lleva razón. Por ello, en respuesta
al proyecto de Schmitt de afirmar lo político contra elliberalismo,
es importante elaborar una forma verdaderamente política de liberalismo
que, sin dejar de postular la defensa de los derechos y el
principio de la libertad individual, no escamotee la cuestión del conflicto,
el antagonismo y la decisión.
Sólo si se reconoce la inevitabilidad intrínseca del antagonismo se
puede captar la amplitud de la tarea a la cual debe consagrarse toda
política democrática. Esta tarea, contrariamente al paradigma de «democracia
deliberativa» que, de Rawls a Habermas, se intenta imponernos
como el único modo posible de abordar la naturaleza de la democracia
moderna, no consiste en establecer las condiciones de un
consenso «racional», sino en desactivar el antagonismo potencial que
existe en las relaciones sociales. Se requiere crear instituciones que permitan
transformar el antagonismo en agonismo.
El compromiso fundamental para la reflexión política consiste en
examinar cómo es posible realizar ese desplazamiento a fin de transformar
el enemigo en adversario. A este respecto podrá uno inspirarse
en las observaciones de Elias Canetti, quien en Masa y poder indica
cómo el sistema parlamentario explota la estructura psicológica de los
ejércitos en lucha y escenifica un combate en el que se renuncia a matar
para adoptar la opinión de la mayoría a la hora de decidir quién es
el vencedor. Según él, «el voto sigue siendo el instante decisivo, el instante
en que uno se mide realmente. Es el vestigio del encuentro sangriento
que se imita de distintas maneras, amenazas, insultos, excitación
física que puede llegar a los golpes y al lanzamiento de proyectiles.
Pero el recuento de votos pone fin a la batalla».'
La andadura que caracteriza esta colección sigue las huellas de ese
tipo de cuestionamiento. Con ese fin propone distinguir entre ¡<10 po-
L Elias Canetti, Masseel puissance, París, Gallimatd, 1966, pág. 200.
14 El retorno de lo político
lítico», ligado a la dimensión de antagonismo y de hostilidad que existe
en las relaciones humanas, antagonismo que se manifiesta como diversidad
de las relaciones sociales, y «la política», que apunta a establecer
un orden, a organizar la coexistencia humana en condiciones
que son siempre conflictivas, pues están atravesadas por «lo» político.
Es una distinción que se aparta de las significaciones -ya diversas,
por lo demás- que en general se atribuye a la pareja lo político/la política,
pero que tiene el mérito de establecer un lazo entre las dos raíces
comunes del término «político/a»: por un lado, pólemos; por otro
lado, polis. A fuerza de querer privilegiar el «vivir conjuntamente»,
propio de la polis, dejando de lado el pólemos, es decir, el antagonismo
yel conflicto -como ocurre en el caso de muchos autores contemporáneos
que se inspiran en la tradición del republicanismo cívico- se
pierde la posibilidad de aprehender la especificidad de la política democrática.
Por eso es insatisfactoria la perspectiva que proponen los
autores llamados «comunitarios». Sin duda, su crítica al individualismo
liberal está justificada, pero, como rechazan el pluralismo, son incapaces
de dar cabida a! conflicto. Lo mismo que los liberales, aunque
de otra manera, se ven así llevados a dejar en suspenso la naturaleza de
la democracia moderna. Ésta supone el reconocimiento de la dimensión
antagónica de lo político, razón por la cual sólo es posible protegerla
y consolidarla si se admite con lucidez que la política consiste
siempre en «domesticar» la hostilidad y en tratar de neutralizar el antagonismo
potencia! que acompaña toda construcción de identidades
colectivas. El objetivo de una política democrática no reside en eliminar
las pasiones ni en relegarlas a la esfera privada, sino en movilizarlas
y ponerlas en escena de acuerdo con los dispositivos agonísticos
que favorecen el respeto del pluralismo.
Esas cuestiones sólo se pueden formular a partir de una perspectiva
teórica que se alimente de la crítica del esencialismo, que es el punto
de convergencia de corrientes teóricas tan diversas como las del
segundo Wittgenstein, Heidegger, Gadamer o Derrida. Semejante crítica
permite comprender los límites del pertsamiento político clásico
(y, en su seno, particularmente la filosofía liberal) y ver que dependen
de una ontología implícita que concibe el ser bajo la forma de la presencia,
Esta «metafísica de la presencia» restringe el campo de los movimientos
político-estratégicos a los lógicamente compatibles con la
idea de una «objetividad» social. Cuando se presenta esa objetividad
Introducción 15
como elfundamentum inconcussurn de la sociedad, todo antagonismo
se reduce a una simple y pura diferencia (en el sentido saussureano del
término). Se la percibe como un simple efecto situado en el nivel de la
apariencia y derivado de un nivel ontológico más profundo. De ese
movimiento proviene la clausura constitutiva del pensamiento liberal
clásico. En Hobbes, el movimiento político todavía es dominante,
dada la incapacidad de la sociedad civil para autorreproducirse de manera
coherente, pero luego esta posibilidad de autorreproducción se
constituirá en premisa fundamental del liberalismo. Ella es la que llevará
a atribuir carácter residual a lo político (esto es, al campo de los
antagonismos) y a tender a su eliminación. Esta noción de totalidad
que se autorreproduce (y que, por tanto, como la eternidad spinoziana,
es cerrada) es el nexo entre el liberalismo y la metafísica de la presencra.
Por el contrario, cuando la clausura demuestra ser una imposibilidad
lógica -como se ve en la desconstrucción-, resulta evidente que
cualquier cierre es forzosamente contingente; por tanto, siempre es
parcial y está fundado en formas de exclusión (y, por tanto, de poder).
A partir de esa perspectiva se puede reconocer el carácter fundacional
de lo político, lo cual explica la relación tan estrecha que hay entre la
dimensión teórica que aquí se presenta y sus apuestas políticas.
En este contexto, es importante destacar la naturaleza central de la
noción de «exterior constitutivo», pues es ella la que permite afirmar
la primacía de lo político. Esta noción -que alimenta una pluralidad
de movimientos estratégicos que, como las concibe Derrida, son posibles
gracias a indecidibles tales como «suplemento», «trazo», «diferencia
», etc.-, indican que toda identidad se construye a través de parejas
de diferencias jerarquizadas: por ejemplo, entre forma y materia,
entre esencia y accidente, entre negro y blanco, entre hombre y mujer.
La idea de «exterior constitutivo» ocupa un lugar decisivo en mi
argumento, pues, al indicar que la condición de existencia de toda identidad
es la afirmación de una diferencia, la determinación de un «otro»
que le servirá de «exterior», permite comprender la permanencia del
antagonismo y sus condiciones de emergencia. En efecto, en el dominio
de las identificaciones colectivas -en que se trata de la creación
de un «nosotros» por la delimitación de un «ellos»-, siempre existe
la posibilidad de que esta relación nosotros/ellos se transforme en una
relación amigo/enemigo, es decir, que se convierta en sede de un anta16
El retornode lo político
gonismo. Esto se produce cuando se comienza a percibir al otro, al
que hasta aquí se consideraba según el simple modo de la diferencia,
como negación de nuestra identidad y como cuestionamiento de nuestra
existencia. A partir de ese momento, sean cuales fueren las relaciones
nosotros/ellos, ya se trate del orden religioso, étnico, económico o
de cualquier otro, se convierte en político en el sentido schmittiano de
la relación amigo/enemigo.
La vida política nunca podrá prescindir del antagonismo, pues
atañe a la acción pública y a la formación de identidades colectivas.
Tiende a constituir un «nosotros» en un contexto de diversidad y de conflicto.
Ahora bien, como se acaba de observar, para construir un «nosotros
» es menester distinguirlo de un «ellos». Por eso la cuestión decisiva
de una política democrática no reside en llegar a un consenso sin
exclusión -lo que nos devolvería a la creación de un «nosotros» que
no tuviera un «ellos» como correlato-, sino en llegar a establecer la
discriminación nosotros/ellos de tal modo que resulte compatible con
el pluralismo.
ANTAGONISMO y AGONISMO
Lo que caracteriza a la democracia pluralista en tanto forma específica
del orden político es la instauración de una distinción entre las
categorías de «enemigo» y de «adversario». Eso significa que,. en el interior
del «nosotros» que constituye la comunidad política, no se verá
en .el oponente un enemigo a abatir, sino un adversario de legítima
existencia y al que se debe tolerar. Se combatirán con vigor sus ideas,
pero jamás se cuestionará su derecho a defenderlas. Sin embargo, la
categoría de «enemigo» no desaparece, pues sigue siendo pertinente
en relación con quienes, al cuestionar las bases mismas del orden democrático,
no pueden entrar en el círculo de los iguales.
Una vez que hemos distinguido de esta manera entre antagonismo
(relación con el enemigo) y agonismo (relación con el adversario), podemos
comprender por qué el enfrentamiento agonal, lejos de representar
un peligro para la democracia, es en realidad su condición misma
de existencia. Por cierto que la democracia no puede sobrevivir sin
ciertas formas de consenso -que han de apoyarse en la adhesión a los
valores ético-políticos que constituyen sus principios de legitimidad y
Introducción 17
en las instituciones en que se inscriben-, pero también debe permitir
que e! conflicto se exprese, yeso requiere la constitución de identidades
colectivas en torno a posiciones bien diferenciadas. Es menester
que los ciudadanos tengan verdaderamente la posibilidad de escoger
entre alternativas reales.
Ahora bien, la progresiva difuminación de las diferencias entre las
nociones de derecha y de izquierda que se comprueba desde hace ya
bastantes años se opone precisamente a esta exigencia. Desafortunadamente,
e! abandono de la visión de la lucha política en términos de
posiciones antagónicas entre la derecha y la izquierda -de! que sin
duda sólo cabe fe!icitarse- se ha visto acompañado de la desaparición
de toda referencia a apuestas diferenciadas. Así las cosas, ha habido un
desplazamiento hacia una «república de! centro» que no permite
emerger la figura -necesaria, por lo demás- de! adversario; e! antagonista
de otrora se ha convertido en un competidor cuyo lugar se trata
simplemente de ocupar, sin un verdadero enfrentamiento de proyectos.
Esa situación es peligrosa para la democracia, pues crea un terreno
favorable para los movimientos políticos de extrema derecha o los
que apuntan a la articulación de fuerzas políticas en torno a identidades
nacionales, religiosas o étnicas. En efecto, cuando no hay apuestas
democráticas en torno a las cuales puedan cristalízar las identificaciones
colectivas, su lugar es ocupado por otras formas de identificación,
de índole étnica, nacionalista o religiosa, y de esa suerte e! oponente se
define en relación a tales criterios. En esas condiciones ya no se puede
percibir como un adversario, sino que aparece como un enemigo al
que hay que destruir. Y esto es lo que una democracia pluralista tiene
que evitar. Pero para eso es menester que reconozca la dimensión
que concierne a lo político, en lugar de negar su existencia.
En muchos países europeos, la desaparición de una línea divisoria
clara entre los partidos políticos tradicionales -de lo que hay quienes
se alegran en nombre de una supuesta «madurez política» que por fin se
habría alcanzado- ha dejado en realidad un vacío que la extrema derecha
se ha apresurado a ocupar. Ese vacío es lo que le ha permitido
articular nuevas identidades colectivas a través de un discurso xenófobo
y recrear la frontera política desaparecida mediante la definición de
un nuevo enemigo. Sin duda, para la extrema derecha eso no presenta
ninguna dificultad, puesto que ya ha dado forma a su enemigo: los in18
El retorno de lo político
migrantes, a los que presenta como un peligro para la identidad y la
soberanía nacionales. En ausencia de formas democráticas y verdaderamente
movilizadoras de identificación, es innegable el éxito que encuentra
ese tipo de discurso nacionalista y populista. Por tanto, la democracia
no sólo está en peligro cuando hay un déficit de consenso
sobre sus instituciones y de adhesión a los valores que representa,
sino también cuando su dinámica agonística se ve obstaculizada por un
consenso aparentemente sin resquicio, que muy fácilmente puede transformarse
en su contrario. A menudo, cuando el espacio público democrático
se debilita, se ve cómo se multiplican los enfrentamientos
en términos de identidades esencialistas o de valores morales no negociables.
En lugar de considerar la democracia como algo natural y evidente
o como el resultado de una evolución moral de la humanidad, es importante
percatarse de su carácter improbable e incierto. La democracia
es frágil y algo nunca definitivamente adquirido, pues no existe
«umbral de democracia» que, una vez logrado, tenga garantizada para
siempre su permanencia. Por tanto, se trata de una conquista que hay
que defender constantemente. Desde este punto de vista, la situación
en la que se encuentran muchos países europeos es preocupante. Por
una parte, el ideal democrático ha dejado de ser movilizador, pues la
democracia liberal se identifica en la práctica con el capitalismo democrático
y su dimensión política se reduce al Estado de derecho; por otra
parte, aumenta sin cesar la marginación de grupos enteros que se sienten
cada vez más excluidos de la comunidad política. En estas condiciones,
es muy grande el peligro de que estos grupos se unan a movimientos
fundamentalistas o de que se sientan atraídos por formas
antiliberales de política. No cabe la esperanza de hacer frente a esta situación
si no se instauran las condiciones de un «pluralismo agonístico»
que permita reales confrontaciones en el seno de un espacio común,
con el fin de que puedan realizarse verdaderas opciones democráticas.
Contrariamente a lo que afirman los discípulos de Rawls, no se trata
de un acuerdo definitivo sobre principios de justicia que permitan
asegurar la defensa de las instituciones democráticas. El consenso sobre
los derechos del hombre y los principios de igualdad y de liberrad
es necesario, sin duda, pero no se lo puede separar de una confrontación
sobre la interpretación de esos principios. Hay muchas interpretaciones
posibles y ninguna de ellas puede presentarse como la única
Introducción 19
correcta. Precisamente, la confrontación sobre las diferentes significaciones
que se ha de atribuir a los principios democráticos y a las instituciones
y las prácticas en las que se concreten es lo que constituye el
eje central del combate político entre adversarios, en el que cada uno
reconoce la imposibilidad de que el proceso agonístico llegue alguna
vez a su fin, pues eso equivaldría a alcanzar la solución definitiva y racional.
Hoy en día es de buen tono, entre los supuestos defensores del humanismo'
rechazar la contribución de autores como 'Poucault, Derrida
o Lacan, a los que -con mucha ignorancia y mala fe- se asimila a
un concepto vago de «posmodernismo». Se los acusa de que, con su
critica al universalismo y el racionalismo, minan las bases del proyecto
democrático. En realidad, es exactamente lo contrario. Pues los que
ponen en peligro la democracia son precisamente los racionalistas. Éstos
son en principio incapaces de comprender el desafío permanente
al que debe enfrentarse siempre un régimen, de donde su ceguera y su
impotencia ante las manifestaciones del antagonismo político. Pero,
además, todos los modelos que proponen -si algún día se pudieran
realizar- serían absolutamente incompatibles con la existencia de
una democracia pluralista.
El ideal de la sociedad democrática -incluso como idea reguladora-
no puede ser el de una sociedad que hubiera realizado el sueño
de una armonía perfecta en las relaciones sociales. La democracia
sólo puede existir cuando ningún agente social está en condiciones de
aparecer como dueño del fundamento de la sociedad y representante
de la totalidad. Por tanto, es menester que todos reconozcan que no
hay en la sociedad lugar alguno donde el poder pueda eliminarse a sí
mismo en una suerte de indistinción entre ser y conocimiento. Esto
significa que no se puede considerar democrática la relación entre los
diferentes agentes sociales sino a condición de que todos acepten el
carácter particular y limitado de sus reivindicaciones. En otros términos,
es menester que reconozcan que sus relaciones mutuas son relaciones
de las que es imposible eliminar el poder.'
2. Para un desarrollo más profundo de esta tesis, remito a las dos obras siguientes:
Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, Hegemony and Socialist Strategy. Towards a Radical
Democratic Polines, Londres, Verso, 1985, cap. 3; Ernesto Laclau, New Reflections
on the Revolution ofOur Time, Londres, Verso, 1990, parte L
20 El retorno de lo político
Al modelo de inspiración kantiana de la democracia moderna
hay que oponer otro, que no tiende a la armonia y a la reconciliación,
sino que reconoce el papel constitutivo de la división y el conflicto.
Esa clase de sociedad rechaza todo discurso que tienda a imponer un
modelo que apunte a la univocidad de la discusión democrática. No
trata de eliminar lo indecidible, pues en ello ve la condición de posibilidad
de la decisión y, por tanto, de la libertad. Para ella, lejos de
proporcionar el horizonte necesario al pluralismo democrático, la creencia
en una posible resolución definitiva de los conflictos -incluso
si se la piensa al modo de una aproximación asintótica a la idea reguladora
de una comunicación sin distorsión, como en Habermas- es lo
que lo pone en peligro. Concebida de esta manera, la democracia pluralista
se convierte en un ideal que se autorrefuta, pues el momento
mismo de su realización sería también el de su destrucción. Y no basta
con decir que se trata de una «tarea infinita», pues una vez reconocida
la naturaleza ilusoria de la idea de una comunidad de individuos
autónomos y racionales, es preciso sacar las consecuencias pertinentes.
Presentar esa sociedad como un ideal, aun cuando inaccesible, es
prohibirse pensar verdaderamente el pluralismo. La existencia del
pluralismo implica la permanencia del conflicto y del antagonismo,
que no es posible abordar como obstáculos empíricos que impidieran
la realización perfecta del ideal de una armonía inalcanzable, pues
nunca seremos capaces de coincidir perfectamente con nuestro ser
racionaL
Por el descrédito que arroja sobre la visión de una sociedad que se
habría liberado por completo de las relaciones de poder -poniendo
así de manifiesto que se trata de una imposibilidad conceptual-, la
crítica del racionalismo y del universalismo, lejos de poner en peligro
el proyecto democrático moderno, nos permite evitar la ilusión siempre
peligrosa de poder escapar a la contingencia y eliminar el elemento
de la indecidibilidad que opera en lo social. Al insistir en la naturaleza
necesariamente parcial y limitada de todas las prácticas humanas
y al afirmar que es imposible distinguir de manera radical entre objetividad
y poder, permite comprender que la cuestión del puralismo no
puede separarse de la del poder yel antagonismo, inextirpables por
naturaleza.
Introducción 21
DEMOCRACIA RADICAL Y PLURAL: UN NUEVO IMAGINARIO POLÍTICO
Precisamente en la tensión entre consenso -sobre los principios-
y disenso -sobre su interpretación- es donde se inscribe la
dinámica agonística de la democracia pluralista. De allí la exigencia de
una doble reflexión, por una parte sobre la manera en que se puede
asegurar la adhesión a los valores ético-políticos que definen esta forma
política de sociedad y, por otra parte, sobre las diferentes interpretaciones
que se pueden dar de esos valores, es decir, sobre las diversas
modalidades de la ciudadanía y las formas posibles de hegemonía.
Muchos pensadores liberales afirman que para garantizar la fidelidad
a las instituciones democráticas es indispensable suministrarles un
fundamento racional. Se trata, en efecto, de una típica ilusión racionalista.
Pues no es demostrando que todo el mundo elegiría estas instituciones
en una «situación original bajo el velo de la ignorancia», al
modo de Rawls, o en una «situación ideal de comunicación», al modo
de Habermas, como se llegará a constituir las múltiples formas de
identificación democráticas requeridas para la consolidación de un
espacio común. No es posible presentar los valores liberales democráticos
como si suministraran la solución racional al problema de la
coexistencia humana y no es posible defenderlos de manera «contextualista
», como constitutivos de nuestra «forma de vida». Es 'inútil
querer acceder a una garantía racional que se situara más allá de la
voluntad de preservar esa forma de vida que nos es propia. Sólo mediante
la multiplicación de las prácticas, de las instituciones y de los
discursos que modelan «individualidades democráticas» se puede
contribuir a consolidar el consenso acerca de las instituciones democráticas.
Eso, evidentemente, supone que quienes se reconocen como
ciudadanos democráticos valoran las modalidades de individualidad
que esta sociedad les ofrece y que, de esta suerte, están dispuestos a
defender las instituciones que son su condición misma de existencia.
Por esta razón es imposible pensar la ciudadanía democrática según la
modalidad de una identidad «posconvencional», como adhesión racional
a principios universales como quería el «patriotismo constitucional
» de Habermas. Es preciso concebirla como ejercicio de la democracia
en las relaciones sociales, que son siempre individuales y
específicas, lo que requiere una real participación en las prácticas sociales
que tejen la trama tanto del Estado como de la sociedad civil.
22 El retorno de lo político
Por tanto, no se trata de desembarazarse de las determinaciones particulares,
de negar las pertenencias ni las identidades para acceder a un
punto de vista donde reinara el individuo abstracto y universal. Hoy
en día, el ciudadano democrático sólo es concebible en el contexto de
un nuevo tipo de articulación entre lo universal y lo particular, de acuerdo
con la modalidad de un universalismo que integre las diversidades,
lo que Merleau-Ponty llamaba «universalismo laterab para indicar
que lo universal se inscribe en el corazón mismo de lo particular y en
el respeto a las diferencias.
Para que esta diversidad pueda dar con las condiciones para expresarse,
debe entrar en escena la multiplicación de las «posiciones de
sujeto» democráticas según dispositivos que permiten a las diferentes
posiciones enfrentarse en el seno mismo de lo que reconocen como
constitutivo de su espacio político común. Por eso es indisociable de
la instauración de un «pluralismo agonístico». Únicamente con esta
condición se podrán orientar las pasiones políticas hacia la confrontación
democrática antes de su sometimiento a otros propósitos. A fin
de dar forma al disenso sobre la interpretación de principios en un
marco democrático, lo más adecuado para proporcionar polos de
identificación son las concepciones diferentes de la ciudadanía. De ahí
la importancia de volver a dar vida a la distinción derecha/izquierda
en lugar de apresurarse a celebrar su desaparición. Lejos de haber perdido
pertinencia, las apuestas que esta distinción introduce son siempre
actuales; lo que importa es redefinidas. Como recuerda Norberto
Bobbio,' en el corazón mismo de la visión llamada «de izquierda» anida
la idea de igualdad, mientras que la derecha ha opuesto siempre la
defensa de las desigualdades. El hecho de que una cierta ideología
igualitaria haya podido servir para legitimar durante un tiempo políticas
totalitarias no implica en absoluto que haya que abandonar la lucha
por la igualdad. Ya eshora de rechazar el descrédito que se procura
proyectar sobre la idea misma de socialismo y afirmar que
muchos objetivos a los que no hay que tener miedo de calificar de «socialistas
» -en la medida en que atañen a la lucha contra las formas
autocráticas en las relaciones sociales de producción- no sólo son
compatibles con el pluralismo democrático, sino que también pueden
3. Norberto Bobbio, Destre e sinistra. Ragioni e significati di una distimione politica,
Roma, Donzelli, 1994.
Introducción 23
contribuir a expandir su dominio de aplicación y a enriquecer sus condiciones
de ejercicio. Ése el sentido en que se examina en este libro la
idea de un «socialismo liberal».
La referencia al socialismo, aun cuando continúa siendo necesaria,
no es suficiente para explicar la diversidad de las luchas democráticas
existentes ahora mismo en las sociedades occidentales. El surgimiento
de nuevas luchas contra el sexismo, el racismo y otras muchas formas de
subordinación exige la ampliación del campo de la lucha por la igualdad.
Por otra parte, la experiencia desastrosa del socialismo de tipo
soviético ha hecho tomar conciencia de la necesidad de articular la lucha
por la igualdad con la lucha por la libertad. Por otra parte, un rasgo
distintivo de gran parte de lo que se ha dado en llamar «nuevos movimientos
sociales» consistió en postular objetivos que podrán
calificarse de «libertarios». Así es como en muchas luchas por el reconocimiento
de las «diferencias» se encuentra una articulación compleja
entre reivindicaciones que dependen de la igualdad y otras que
conciernen a la libertad. Para poder traducir esto en un lenguaje compatible
con la instauración de un pluralismo agonístico hace falta una
nueva interpretación que sea la expresión de la diversidad de las luchas
por la igualdad y de la relación que establecen con la libertad. Esa
visión, a la que hemos llamado radical and plural democracy,' aunque
sin dejar de reconocer las instituciones que constituyen las bases mismas
de la forma de vida liberal-democrática, propone nuevos usos y nuevas
significaciones para los términos «libertad» e «igualdad», que constituyen
sus significantes simbólicos centrales. De esta suerte permite extender
su campo de aplicación a multitud de relaciones sociales cuyas
relaciones de desigualdad se habían interpretado hasta ahora como legítimas
en tanto «naturales», y a la vez abordar nuevos «juegos de lenguaje
» que hacen posible el surgimiento de prácticas e instituciones en
lasque podrían inscribirse múltiples formas de democracia. Este tipo
de concepción pone en juego una idea de la ciudadanía que, más
allá de las interpretaciones liberales o socialdemócratas, permite la
constitución de un polo de identificación que agrupará los diferentes
movimientos que luchan por la extensión de los principios democráticos
a un vasto conjunto de relaciones sociales. La verdadera apuesta
4. Sobre este tema, véase el cap. 4 de Hegemony and Socialist Strategy, op. cít., Yel
cap. 1 de este volumen.
24 El retorno de lo político
de esta radical and plural democracy es la creación de una cadena de
equivalencias entre las diversas luchas por la igualdad y el establecimiento
de una frontera politica capaz de dar nueva identidad a «la izquierda
». Una izquierda que, aun sin cuestionar los principios mismos
de la legitimidad de la democracia liberal, apuntaría sin embargo a la
transformación de la relación de fuerzas existente y la creación de una
nueva hegemonía. En efecto, hay que evitar caer en la trampa que nos
tiende un cierto liberalismo y dejarse encerrar en el falso dilema entre
alternativa radical al orden existente o pura y simple «alternancia». La
figura del adversario apunta precisamente a escapar a esta dicotomía y
a superar tanto la visión «jacobina» de la política del enemigo como la
«liberal- de la pura y símple competencia de intereses. El espacio político
de la democracia liberal no es un espacio neutro en el que se enfrentarían
intereses en competencia y cuya topografía nos veríamos
obligados a aceptar definitivamente, so pena de no respetar las reglas
de juego democráticas. Se trata de un espacio cuya formación es expresión
de las relaciones de poder, y éstas pueden dar lugar a configuraciones
interiores muy distintas. Esto depende del tipo de interpretación
dominante de los principios de legitimidad y de la forma de
hegemonía que así se instaure. Pasar por alto esta lucha por la hegemonía
imaginando que sería posible establecer un consenso resultante
del ejercicio de la «razón pública libre» (Rawls) o de una «situación
ideal de la palabra» (Habermas), es eliminar el lugar del adversario y
excluir la cuestión propiamente política, la del antagonismo y el poder.
Abordar el proyecto de la izquierda en términos de democracia radical
y plural es cargar el énfasis en la dimensión hegemónica indisociable
de las relaciones sociales en la medida en que siempre se las
construye según formas asimétricas de poder. Contra cierto tipo de
pluralísmo liberal que escamotea la dimensión de lo político y de las
relaciones de fuerza, se trata de restaurar el carácter central de lo político
y de afirmar su naturaleza constitutiva. Pero esto también es reconocer
-en oposición a los modelos de inspiración marxista- que
la realidad social sólo adquiere forma a través de su articulación en relaciones
de poder y que es ilusorio -y peligroso- creer que se podría
prescindir de ello. El objetivo de una política democrática, por tanto,
no es erradicar el poder, sino multiplicar los espacios en los que las relaciones
de poder estarán abiertas a la contestación democrática. En la
proliferación de esos espacios con vistas a la creación de las condicioIntroducción
25
nes de un auténtico pluralismo agonístico, tanto en el dominio del Estado
como en el de la sociedad civil, se inscribe la dinámica inherente
a la democracia radical y plural. Me parece que hay una idea que podría
permitir la cristalización de un nuevo radicalismo y la emergencia
de una izquierda capaz de responder al desafío, tanto teórico como
político, que, en el crepúsculo del siglo xx, constituye la herencia de la
modernidad.
Capítulo 1
DEMOCRACIA RADICAL:
¿MODERNA O POSMODERNA?
¿Qué significa hoy ser de izquierda? ¿Tiene algún sentido, en los
años postreros de! siglo xx, invocar los ideales de la Ilustración que
subyacen al proyecto de la transformación de la sociedad? No cabe
duda de que estamos atravesando la crisis de! imaginario jacobino,
que, de diferentes maneras, ha caracterizado la política revolucionaria
de los últimos doscientos años. No es probable que e! marxismo se recupere
de los golpes recibidos, que no se limitan al descrédito que
para e! modelo soviético supuso e! análisis del totalitarismo, sino que incluyen
también e! desafío al reduccionismo de clase que el surgimiento
de nuevos movimientos sociales ha planteado. Pero la situación no
es en absoluto mejor para e! enemigo fraterno, e! movimiento socialdemócrata.
Se ha revelado incapaz de abordar las nuevas exigencias de
las últimas décadas, y su logro fundamental, e! Estado de! bienestar,
apenas se sostiene tras los golpes que le ha asestado la derecha, porque
no ha tenido la habilidad necesaria para movilizar a quienes tenían interés
en defender sus logros.
Lo mismo que en lo concerniente al ideal de! socialismo, lo que
parece estar en cuestión es la idea misma de progreso inherente al proyecto
de modernidad. A este respecto, la discusión de lo posmoderno,
que hasta ahora se había centrado en la cultura, ha adoptado un giro
político. Y he aquí el debate petrificado casi de inmediato en un conjunto
simplista de posiciones estériles. Mientras Habermas acusa de
conservadurismo a todos los que critican e! ideal universalista de la
Ilustración,' Lyotard declara de modo apasionado que después de
Auschwitz e! proyecto de modernidad ha quedado eliminado.' Richard
Rorty observa con acierto que a ambos lados se descubre una
1. ]ürgen Habermas, «Modernity - An Incomplete Project», en Hal Fosrer
(comp.), The Antí-Aesthetic: Essays on Postmodern Culture, Port Townsend, 1983.
2. jean-Francois Lyorard, Immaterialitat und Postmoderne, Berlín, 1985.
28 El retorno de lo político
asimilación ilegítima del proyecto de la Ilustración y de sus aspectos
epistemológicos. Por esta razón cree necesario Lyotard abandonar elliberalismo
político a fin de evitar una filosofía universalista, mientras
que Habermas, que aspira a defender el liberalismo, se adhiere, a pesar
de sus problemas, a esta filosofía universalista.' Habermas cree en verdad
que el surgimiento de formas universales de moral y de derecho es
la expresión de un proceso colectivo irreversible de aprendizaje, y que
negar esto implica negar la modernidad, minar los fundamentos mismos
de la existencia de la democracia. Rorty nos invita a considerar la
distinción que Blumenberg hace en The Legitimacy o/the Modern Age
entre dos aspectos de la Ilustración: el de la «autoafirrnación» (que
puede identificarse con el proyecto político) y el de la «autofundación»
(el proyecto epistemológico). Una vez que sabemos que no hay relación
forzosa entre estos dos aspectos, estamos en condiciones de defender el
proyecto político a pesar de haber renunciado a la exigencia de una forma
específica de racionalidad como su fundamento.
Sin embargo, la posición de Rorty es problemática a causa de su
identificación del proyecto político de modernidad con un vago concepto
de «liberalismo» que incluye tanto el capitalismo como la democracia.
Pues es importante distinguir dos tradiciones en el corazón
del concepto mismo de modernidad política: la liberal y la democrática,
que, como ha mostrado Macpherson, sólo se articulan en el siglo
XIX y, por tanto, carecen en absoluto de relación necesaria entre sí.
Además, sería un error confundir esta «modernidad política» con la
«modernidad social», esto es, el proceso de modernización que se ha
producido bajo la creciente dominación de las relaciones de producción
capitalista. Si se omite esta distinción entre democracia y liberalismo,
entre liberalismo político y liberalismo económico; si, como
hace Rorty, se reúnen todas estas nociones bajo el término de liberalismo,
no hay más remedio que desembocar, so pretexto de defender la
modernidad, en una lisa y llana apología de las «instituciones y prácticas
de las democracias ricas del Atlántico Norte»,' que no dejan espacio
para una crítica (ni siquiera para una crítica inmanente) que nos
capacitara para transformarlas.
3. Richard Rorty, «Habermas and Lyotard on Postmodernity», en Richard J.
Bernstein (comp.), Habermas and Modernity, Oxford, 1985. págs. 161-75.
4. Richard Rorty, «Postmodernisr Bourgeois Liberalism», Journal 01 Philosophy,
80, octubre de 1983, pág. 585.
Democracia radical: ¿moderna o posmodema? 29
Enfrentada a este «liberalismo burgués posmodernista» que
Rorty defiende, quisiera mostrar de qué manera el proyecto de una
«democracia radical y plural», que Ernesto Laclau y yo hemos esbozado
ya en nuestro libro Hegemony and Socialist Estrategy: Towards a
Radical Democratic Politics,' propone una reformulación del proyecto
socialista de tal modo que evite las trampas gemelas del socialismo
marxista y de la democracia social, pero que dote a la izquierda de un
nuevo imaginario, un imaginario que recoja la tradición de las grandes
luchas por la emancipación y que tenga también en cuenta las
contribuciones recientes del psicoanálisis y la filosofía. En efecto, ese
proyecto podría definirse como moderno y al mismo tiempo como
posmoderno. Persigue el «proyecto no realizado de modernidad»,
pero, a diferencia de Habermas, creemos que la perspectiva epistemológica
de la Ilustración ya no tiene nada que hacer en este proyecto.
Aunque esta perspectiva desempeñó un papel importante en el
surgimiento de la democracia, ha terminado por ser un obstáculo en
el camino a la comprensión de las nuevas formas de política características
de nuestras sociedades actuales, que exigen una aproximación
no esencialista. De aquí la necesidad de emplear los instrumentos teóricos
elaborados por las diferentes corrientes de lo que en filosofía se
ha dado en llamar posmoderno y de apropiarse de su crítica del racionalismo
yel subjetivismo.'
LA REVOLUCIÓN DEMOCRÁTICA
Se han sugerido diferentes criterios para definir la modernidad.
Varían mucho de acuerdo con los niveles o rasgos particulares que se
quiera enfatizar. Personalmente pienso que la modernidad debería definirse
en el nivel político, pues es allí donde las relaciones sociales toman
forma y se ordenan simbólicamente. En la medida en que inaugura
un nuevo tipo de sociedad, es posible ver en la modernidad un
5. Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, Hegemony and Socialist Strategy: Towards a
Radical Democratic Politics, Londres, 1985.
6. No me refiero solamente al postestructuralismo, sino también a otras tendencias,
como el psicoanálisis, la hermenéutica postheideggeriana y la filosofía del lenguaje
del segundo Wittgenstein, todo lo cual converge en una crítica al racionalismo y al
subjetivismo.
30 El retorno de lo político
punto decisivo de referencia. A este respecto, la característica fundamental
de la modernidad es, sin duda, el advenimiento de la revolución
democrática. Como ha mostrado Claude Lefort, esta revolución
democrática es originariamente un nuevo tipo de institución de lo social
en e! que e! poder se convierte en un «espacio vacío». Por esta razón,
la sociedad democrática moderna está constituida como «una
sociedad en la que e! poder, e! derecho y e! conocimiento están expuestos
a una indeterminación radical, una sociedad que se ha convertido
en teatro de una aventura incontrolable, de modo que lo instituido
nunca llega a ser lo establecido, lo conocido permanece indeterminado
por lo desconocido y e! presente se resiste a toda definición».' La
ausencia de poder encarnado en la persona del príncipe y ligada a la
autoridad trascendental impide la existencia de una garantía o fuente
de legitimación última; ya es imposible definir la sociedad como una
sustancia con identidad orgánica. Lo que queda es una sociedad sin
fundamentos claramente definidos, una estructura social imposible de
describir desde un punto de vista único o universal. Es así como la democracia
se caracteriza por la «disolución de las marcas de certeza»."
Pienso que este enfoque es extremadamente sugestivo y útil, porque
nos permite contemplar con una nueva perspectiva los fenómenos de
las sociedades modernas. De esta suerte, se pueden analizar los efectos
de la revolución democrática en las artes, la teoría y todos los aspectos
de la cultura en general, lo cual permite formular la cuestión de la
relación entre modernidad y pos modernidad de una manera nueva y
más productiva. En verdad, si se comparte la descripción de revolución
democrática que ofrece Lefort como rasgo distintivo de la modernidad,
resulta claro que la referencia a la posmodernidad en filosofía
quiere ser un reconocimiento de la imposibilidad de cualquier
fundación última o legitimación final constitutiva de! advenimiento de
la forma democrática de sociedad y, por ende, de la modernidad misma.
Este reconocimiento se produce después de! fracaso de distintos
intentos de reemplazar el fundamento tradicional que descansa en
Dios o la Naturaleza por un fundamento alternativo que se apoye en e!
hombre y su razón. Estos intentos estaban desde el primer momento
condenados al fracaso debido a la indeterminación radical que carac-
7. Claude Lefort, The Politieal Forms o/Modern Theory, Oxford, 1986, pág. 305.
8. Claude Lefort, Demoeracy and Politieal Theory, Oxford, 1988. pág. 19.
Democraciaradical: ¿modernao posmoderna? 31
teriza a la democracia moderna. Nietzsche ya había comprendido esto
cuando proclamó que la muerte de Dios era inseparable de la crisis del
humanismo.'
En consecuencia, el desafío al racionalismo y al humanismo no implica
el rechazo de la modernidad, sino sólo la crisis de un proyecto
particular dentro de la modernidad, el proyecto de autofundación de
la Ilustración. Tampoco implica que tengamos que abandonar su proyecto
político, que es el logro de la igualdad y la libertad para todos. A
fin de perseguir y profundizar este aspecto de la revolución democrática,
hemos de asegurar que el proyecto democrático tenga en cuenta
toda la especificidad de las luchas democráticas de nuestro tiempo. Es
aquí donde la contribución de la critica que se conoce como posmoderna
muestra su verdadero valor.
En efecto, ¿cómo podemos esperar entender la naturaleza de estos
nuevos antagonismos si nos atenemos a la imagen del sujeto unitario
como la fuente última de inteligibilidad de sus acciones? ¿Cómo podemos
captar la multiplicidad de relaciones de subordinación que
pueden afectar a un individuo si vemos en los agentes sociales entidades
homogéneas y unificadas? Lo que caracteriza las luchas de estos
nuevos movimientos sociales es justamente la multiplicidad de posiciones
subjetivas que constituyen un único agente y la posibilidad de
que esta multiplicidad se convierta en sede de un antagonismo y que,
por tanto, se politice. De aquí la importancia de la crítica del concepto
racionalista de sujeto unitario, que no sólo se encuentra en el postestructuralismo,
sino también en el psicoanálisis, en la filosofía del lenguaje
del último Wittgenstein y en la hermenéutica de Gadamer.
Para poder pensar hoy la política y comprender la naturaleza de
estas nuevas luchas y la diversidad de las relaciones sociales que la revolución
democrática ya ha desplegado, es indispensable desarrollar
una teoría del sujeto como agente descentrado, destotalizado, de un
sujeto construido en el punto de intersección de una multiplicidad de
posiciones subjetivas entre las que no hay ninguna relación a priori o
necesaria y cuya articulación es consecuencia de prácticas hegemónicas.
En consecuencia, nunca hay una identidad definitivamente establecida,
sino siempre un cierto grado de apertura y de ambigüedad en
9. Sobre este problema. véase el penetrante análisis de Gianni Vattimo, «La crisi
dell' "umanismo?», en La/ine della modernitá, Milán. 1985, cap. 2.
32 El retorno de lo político
la manera de articularse las diferentes posiciones subjetivas. Lo que
surge son perspectivas completamente nuevas para la acción política,
que ni el liberalismo, con su idea de que el individuo sólo persigue su
interés propio, ni el marxismo, con su reducción de todas las posíciones
subjetivas a la de clase, no sólo no pueden aprobar, sino ni siquiera
imaginar.
En consecuencia, debería observarse que esta nueva fase de la revolución
democrática, aunque a su manera sea resultado del universalismo
democrático de la Ilustración, también cuestiona algunas de
sus afirmaciones. Muchas de estas nuevas luchas renuncian de hecho
a toda pretensión de universalidad. Muestran que en toda afirmación
de universalidad yace un desconocimiento de lo particular y un rechazo
de la especificidad. La crítica feminista desenmascara el particularismo
que se oculta detrás de los llamados ideales universales
que, en realidad, siempre han sido mecanismos de exclusión. Carole
Pateman, por ejemplo, ha mostrado de qué manera las teorías clásicas
de democracia se basaban en la exclusión de las mujeres: «La idea de
ciudadanía universal es específicamente moderna y depende por fuerza
del surgimiento de la idea de que todos los individuos son libres e
iguales de nacimiento, o de que son naturalmente libres e iguales entre
sí. Ningún individuo está naturalmente subordinado a otro, y todos
deben ser públicamente reconocidos en tanto ciudadanos, lo que
implica su condición de autodeterminación. También es inherente a
la libertad individual y la igualdad el hecho de que el gobierno sólo
pueda deberse a acuerdo o consenso. A todos nos han enseñado que
"individuo" es una categoría universal que se aplica a cualquiera o a
todas las personas, pero en realidad no es así. "El individuo" es un
varón»."
La reformulación del proyecto democrático en términos de democracia
radical requiere el abandono del universalismo abstracto de la
Ilustración, que se refería a una naturaleza humana indiferenciada.
Aun cuando la emergencia de las primeras teorías de democracia moderna
y del individuo como portador de derechos fue posible merced
a estos conceptos, hoy en día son un gran obstáculo para la futura ex-
10, Carole Pateman, «Removing Obstacles to Democracy», ponencia presentada
en el encuentro de la International Political Science Association, Ottawa, Canadá, octubre
de 1986, mimeografiada,
Democracia radical: ¿moderna o pos moderna? 33
tensión de la revolución democrática. Los nuevos derechos que se reclaman
hoy son la expresión de diferencias cuya importancia no se había
afirmado hasta ahora y que ya no son derechos universalizables.
En efecto, la democracia radical exige que reconozcamos la diferencia
-lo particular, lo múltiple, lo heterogéneo-, o sea todo aquello que
el concepto abstracto de hombre excluía. No se rechaza el universalismo,
se lo particulariza; lo que hace falta es un nuevo tipo de articulación
entre lo universal y lo particular.
RAZÓN PRÁCTICA: ARISTÓTELES VERSUS KANT
Esta creciente insatisfacción con el universalismo abstracto de la
Ilustración explica la rehabilitación del concepto aristotélico de pbránesis.
Este «conocimiento ético», distinto del conocimiento específico
de las ciencias iepisteme), depende del ethos, esto es, de las condiciones
culturales e históricas presentes en la comunidad, e implica la renuncia
a toda pertenencia a la universalidad. 11 Es una clase de racionalidad
propia del estudio de la praxis humana, que excluye toda
posibilidad de una «ciencia» de la práctica, pero supone la existencia
de una «razón práctica», una región cuya seña de distinción no son los
juicios apodícticos, sino el predominio de lo razonable sobre lo demostrable.
Kant propuso una noción completamente diferente de razón
práctica, pues requería la universalidad. Como observa Ricoeur:
«Al elevar la regla de la universalización al rango de principio supremo,
Kant inaugura una de las ideas más peligrosas que habrían de prevalecer
desde Fichte hasta Marx: la de que la esfera práctica debía
estar sometida a un tipo de conocimiento científico comparable al conocimiento
científico que se requiere en la esfera teórica»." También
Gadamer critica a Kant por haber abierto el camino al positivismo en
las ciencias humanas y considera que, para aprehender el tipo de relación
existente entre lo universal y lo particular en la esfera de la acción
11. Recientes interpretaciones de Aristóteles tratan de disociarlo de la tradición
del derecho natural y de destacar las diferencias entre él y Platón sobre esta cuestión.
Véanse, por ejemplo, las observaciones de Hans-Georg Gadamer en Truth andMethod,
Nueva York, 1984, págs. 278-289.
12. Paul Ricoeur, Du texte á l'oction, París, 1986, págs. 248-251.
34 El retorno de lo político
humana, la noción aristotélica de phrónesis es mucho más adecuada
que el análisis kantiano del juicio. l3
El desarrollo de la filosofía postempírica de la ciencia converge
con la hermenéutica para desafiar el modelo positivista de racionalidad
dominante en las ciencias. Teóricos como Thomas Kuhn y Mary
Hesse han contribuido mucho a esta crítica señalando la importancia
de los elementos retóricos en la evolución de la ciencia. En la actualidad
hay acuerdo en que necesitamos ensanchar el concepto de racionalidad
para dar cabida en él a lo «razonable» y lo «plausible» y reconocer
la existencia de múltiples formas de racionalidad.
Esas ideas son cruciales al concepto de democracia radical, según
el cual el juicio desempeña un papel fundamental, que ha de ser adecuadamente
conceptualizado para evitar los falsos dilemas entre, por
un lado, la existencia de un criterio universal y, por otro lado, la regla
de la arbitrariedad. Que una pregunta no tenga respuesta para la ciencia
o que la respuesta no revista la condición de verdad demostrable
no significa que sea imposible hacerse una opinión razonable sobre
ella ni que sea imposible una oportunidad de opción racional. Hannah
Arendt tenía toda la razón en insistir en que en la esfera política nos
hallamos en el dominio de la opinión, de la doxa, no en el de la verdad,
y que cada esfera tiene sus criterios propios de validez y de legitimidad."
Por supuesto, habrá quienes argumenten que esa posición está
obsesionada por el espectro del relativismo. Pero semejante acusación
sólo tiene sentido si se mantiene el sometimiento a la problemática tradicional,
que no ofrece alternativa entre objetivismo y relativismo.
Afirmar que es imposible ofrecer un fundamento racional último
para un sistema de valores, cualquiera que sea, no implica considerar
iguales todos los puntos de vista. Como dice Rorty,
sábado, 21 de septiembre de 2013
EL MÉTODO ANALÉCTICO Y LA FILOSOFÍA LATINOAMERICANA* Enrique Dussel (colaboración de José López)
El método dialéctico u ontológico llega hasta el horizonte del mundo,
la com-prensión del ser, el pensar esencial heideggeriano, o la
Identidad del concepto en y para-sí como Idea absoluta en Hegel:
"el pensar que piensa el pensamiento". La ontología de la Identidad
o de la Totalidad piensa o incluye al Otro (o lo declara intrascendente
para el pensar filosófico mismo). Nos proponemos mostrar
cómo más allá del pensar dialéctico ontológico y la Identidad divina
del fin de la historia y el Saber hegeliano (imposible y supremamente
veleidoso: ya que intenta lo imposible) se encuentra todavía un momento
antropológico que permite afirmar un nuevo ámbito para el
pensar filosófico, meta-físico, ético o alterativo. Entre el pensar de
la Totalidad, heideggeriana o hegeliana (uno desde la finitud y el
otro desde el Absoluto) y la revelación positiva de Dios (que sería
el ámbito de la palabra teológica)1 se debe describir el estatuto de la
revelación del Otro, antropológico en primer lugar, y las condiciones
metódicas que hacen posible su interpretación. La filosofía no sería
ya una ontología de la Identidad o la Totalidad, no se negaría como
una mera teología kierkegardiana, sino que sería una analéctica pedagógica
de la liberación, una ética primeramente antropológica o una
meta-física histórica.
La crítica a la dialéctica hegeliana fue efectuada por los posthege-
_______________
*Ponencia presentada al VIII Congreso Panamericano de Filosofía, Brasilia.
1972.
108
109
lianos (entre ellos Feuerbach, Marx y Kierkegaard). La crítica a la
ontología heideggeriana ha sido efectuada por Lévinas. Los primeros
son todavía modernos; el segundo es todavía europeo. Seguiremos
indicativamente el camino de ellos para superarlos desde América
latina. Ellos son la prehistoria de la filosofía latinoamericana y el
antecedente inmediato de nuestro pensar latinoamericano. No podíamos
contar ni con el pensar preponderante europeo (de Kant, Hegel
o Heidegger) porque nos incluyen como "objeto" o "cosa" en su
mundo; no podíamos partir de los que los han imitado en América
latina, porque es filosofía inauténtica. Tampoco podíamos partir de
los imitadores latinoamericanos de los críticos de Hegel (los marxistas,
existencialistas latinoamericanos) porque eran igualmente inauténticos.
Los únicos reales críticos al pensar dominador europeo han sido
los auténticos críticos europeos nombrados o los movimientos históricos
de liberación en América latina, África o Asia. Es por ello que,
empuñando (y superando) las críticas de Hegel y Heidegger europeas
y escuchando la palabra pro-vocante del Otro, que es el oprimido
latinoamericano en la Totalidad nordatlántica como futuro, puede
nacer la filosofía latinoamericana, que será, analógicamente, africana
y asiática. Veamos muy resumidamente cómo pueden servirnos los
pasos críticos de los que nos han antecedido, y de cómo deberemos
superarlos desde la pro-vocación al servicio en la justicia que nos exige
el pueblo latinoamericano en su camino de liberación.
De Schelling queremos recoger la indicación de que más allá de la
ontología dialéctica de la Identidad del ser y el pensar (por ello Heidegger
con su "pensar esencial" con respecto al "ser desde él mismo"
es criticado por Schelling) se encuentra la positividad de lo impensable2.
El Schelling definitivo se vuelve contra Hegel indicando, como
para Kant, que "la representación no da por sí misma la existencia
a su objeto"3. Es decir, para Kant una de las categorías de modalidad
(y por tanto sus juicios) es la de posibilidad o imposibilidad4, y,
por ello, analítico o negativamente deductible. Para Schelling, Hegel
se encuentra en esta posición (que Fichte y el mismo Schelling de la
juventud habían aprobado y expuesto), ya que "sólo se ocupa de la
posibilidad (Möglichkeit) (lo que algo es: das Was)... pero independiente
de toda existencia (Existenz)"5 y, por ello, es sólo una filosofía
negativa porque "el acto en sí es sólo en el concepto"6. La
"filosofía positiva es la que emerge desde la existencia; de la existencia,
es decir, del actu acto-Ser... Éste es primeramente sólo un puro
esto (en ti)"7. La existencia es un "prius"8 que había sido dejada de
lado por Hegel en el nivel de la conciencia.
Feuerbach, que escuchó las lecciones de Schelling, continúa su refle-
109
110
xión, mostrando que si el ser es el pensar en Hegel, todo se resume
en el ser como pensar divino. Si el pensar absoluto es la Idea y ésta es
dios, es necesario, para recuperar la existencia, negar a dicho dios:
"La tarea del tiempo nuevo fue la realización y la humanización de
dios, el pasaje y la resolución de la teología en la antropología"9.
Es por ello un ateísmo. Pero el ateísmo del dios de la Totalidad hegeliana
es la condición de posibilidad de la afirmación de un Dios creador
(cuestión que no abordaremos aquí). Negar al hombre como sólo
razón es pasar de la posibilidad a la existencia; es redescubrir al hombre
sensible, corporal, carne, que había negado Descartes. Kant había
dicho que "en todos los fenómenos, lo real (Real) es un objeto de
sensación (der Empfindung)"10. Por ello "lo real (das Wirkliche)en
su realidad como real es lo real como objeto de los sentidos; es lo
sensible (Sinnliche). Verdad, realidad, ser objeto del sentido (Sinnlichkeit)
son idénticos"11. Si la existencia de algo es percibida y no pensada,
la sensibilidad corporal es la condición del constatar la existencia
o realidad. Por su parte, lo supremamente real existente es para el
hombre otro hombre, porque "la esencia del hombre es la comunidad"
(§ 59), "la unidad de Yo y Tú" (§ 60). Es decir, lo supremamente
sensible es otro hombre, y, por ello, "la verdadera dialéctica
no es el monólogo (hegeliano) del pensador solitario consigo mismo,
sino el diálogo entre Yo y Tú" (§ 62). El Tú sensible es exterioridad
de la razón; es existencia real. Es un paso más allá de Schelling, pero,
y al mismo tiempo, se cierra nuevamente en la Totalidad de la humanidad:
"La verdad es sólo la Totalidad de la vida y esencia humana
(die Totalität...)" (§ 58). La Alteridad no ha sido sino indicada
pero no propiamente pensada y definida para que no se caiga nuevamente
en la Totalidad.
Marx continúa el camino emprendido. Contra la mera intuición
sensible de Feuerbach, criterio visivo o pasivo de lo real, el joven
filósofo describe lo real no sólo como "lo sensible" más allá de lo
meramente racional, sino como "lo pro-ducido" más allá de la mera
sensibilidad. Por ello, "el error principal de todos los materialismos
hasta ahora (incluyendo al feuerbachiano) consiste en que el objeto,
la realidad, el ser objeto de la sensibilidad, ha sido captado sólo
bajo la forma de un objeto o de una intuición, pero no como acción
humana sensible, como praxis, como sujeto"12. Lo real no siempre
es "dado" a la sensibilidad, sino que hay que producirlo para que se
dé. Tengo hambre; el pan sensible debo producirlo para que se me dé
a la intuición sensible. Es real (real como lo efectivamente dado al
hombre) lo que por el trabajo es puesto a la disposición efectiva
del hombre. La antropología feuerbachiana ha sido transformada en
110
111
antropología cultural, si cultura (del latín: agri-cultura) es "1o producido"
por el trabajo humano. La Totalidad no es ahora la humanidad
sensible sino la cultura universal. La exterioridad de lo producido
sensible queda nuevamente interiorizado.
Kierkegaard viene a dar un paso más, pero en otra dirección. Para
el filósofo danés, el mundo hegeliano sistemático racional queda comprendido
en la etapa de lo estético: se trata de la contemplación o
de la "identidad del ser y el pensar"13, "un sistema y un Todo cerrado"
14, donde cada hombre queda perdido como una "parte" de la
"visión histórica mundial"15. La segunda etapa, la ética, se produce
por la conversión que permite acceder al sujeto a la elección personal
de su existencia como exigida por el deber. No es ya un hombre perdido
en el abstracto mundo de la contemplación descomprometida,
pero es todavía, "éticamente, la idealidad como la realidad en el individuo
mismo. La realidad es la interioridad que tiene un interés
infinito por la existencia, el que el individuo ético tiene por sí mismo"
16. El hombre ético está todavía encerrado en la Totalidad, aunque
sea una Totalidad subjetivizada y exigente; es no sólo el Hegel
de la Filosofía del Derecho, sino el Heidegger de Ser y tiempo.
En la tercera etapa el pensar de Kierkegaard indica la cuestión
de la Alteridad (pero sólo en el nivel teológico, dejando de lado la
otra indicación de Feuerbach, en el sentido de que la Alteridad debe
comenzar por ser antropológica, y, por ello, dejando igualmente de
lado el avance del mismo Marx). Más allá del saber ético se encuentra
la fe existencial, que permite acceder a la "realidad como exterioridad"
17, en su sentido primero y supremo. Más allá de la Totalidad
ética del deber se encuentra la Alteridad: "El objeto de la fe es la
realidad del Otro. El objeto de la fe no es una doctrina... El objeto
de la fe no es el de un profesor que tiene una doctrina... El objeto de
la fe es la realidad del que enseña que él existe realmente... El
objeto de la fe es entonces la realidad de Dios en el sentido de existencia"
18. La fe no "comprende la realidad del Otro como una posibilidad"
19, sino como "lo absurdo, lo incomprensible"20. "¿Qué es
lo absurdo? Lo absurdo es que la verdad eterna se haya revelado en
el tiempo... Lo absurdo es, justamente, por medio del escándalo
objetivo [es decir, el sistema hegeliano], el dinamómetro de la fe"21.
La fe, entonces, es la posición que, superando el saber de la Totalidad
(absurda en cuanto el fundamento o identidad ha quedado atrás:
absurdo = sin razón o fundamento [Grundlos]), permite vivir sobre
la palabra reveladora de Dios; se "opone a las opiniones" de la Totalidad
("paradójico" entonces). Por ello, la posición "religioso-paradojal"
22 es la re-ligación suprema al Otro y la aceptación de su exte-
111
112
rioridad a toda especulación; es el respeto por la existencia (Dios,
concreto, personal, individual), desde el escándalo y lo absurdo de la
razón sistemática.
Es aquí donde aparece nuevamente el viejo Schelling. En su última
obra, Filosofía de la revelación, indica que por revelación se entiende,
cuando es "la verdadera revelación de la fe"23, no sólo “de lo que no
hay ciencia, sino de la que no podría haber ningún saber sin la misma
revelación (ohne die Offenbarung)”24. Por ello, "aquí sería establecida
la revelación primeramente como una adecuada y especial fuente de
conocimiento (Erkenntnissquelle)"25. Ahora, se pregunta Schelling:
"¿En qué condiciones es posible llegar al conocimiento filosófico de
lo que sea [la revelación]?"26. A lo que responde que acerca del Dios
creador, a priori, sólo "podemos tener un conocimiento a posteriori"27;
es decir, la revelación supone el revelador. Por ello, “la fe (der Glaube)
no debe ser pensada como un saber infundado (unbegründetes
Wissen), sino que habría más bien que decir que ella es lo mejor
fundado de todo (allerbegründetste), porque sólo ella tiene [como fundamento]
algo tan Positivo en absoluto que toda superación (Uebergang)
hacia otro término es imposible”28.
La superación real de toda esta tradición, más allá de Marcel y
Buber, ha sido la filosofía de Lévinas, todavía europea, y excesivamente
equívoca. Nuestra superación consistirá en repensar su discurso
desde América latina y desde la ana-logía; superación que he podido
formular a partir de un personal diálogo mantenido con el filósofo
en París y Lovaina en enero de 1972. En la sección de su obra Totalidad
e infinito, que denomina "Rostro y sensibilidad"29 asume a
Feuerbach y lo supera: el "rostro" del Otro (en el cara-a-cara) es
sensible, pero la visibilidad (aun inteligible) no sólo no agota al Otro
sino que en verdad ni siquiera lo indica en lo que tiene de propio.
Ese "rostro" es, sin embargo, un rostro que interpela, que pro-voca
a la justicia (y en esto queda asumido Marx, como antropología cultural
del trabajo justo). Esta es una relación alterativa antropológica,
que siguiendo la consigna de Feuerbach, debió primeramente ser atea
de la Totalidad o "lo Mismo" como ontología de la visión, para exponerse
al Otro (pasaje de la teología hegeliana a la antropología postmoderna).
Pero el Otro, ante el que nos situamos en el cara-a-cara
por el désir (expresión afectiva que intelectivamente correspondería
a la fe), es primeramente un hombre, que se revela, que dice su palabra.
Revelación del Otro desde su subjetividad no es manifestación
de los entes en mi mundo. Con esto Lévinas ha dado el paso antropológico,
indicado por Feuerbach y "saltado" por Schelling, Kierkegaard
y Jaspers; El Otro, un hombre, es la epifanía del Otro divino,
112
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Dios creador. El Otro, antropológico y teológico (teología que está
condicionada por el ateísmo previo de la Totalidad, posición fecunda
de Feuerbach y Marx), habla desde sí, y su palabra es un Decir-se30.
El Otro está más allá del pensar, de la com-prensión, de la luz, del
lógos; más allá del fundamento, de la identidad: es un án-arjos.
Sin embargo, Lévinas habla siempre que el Otro es "absolutamente
otro". Tiende entonces hacia la equivocidad. Por otra parte, nunca
ha pensado que el Otro pudiera ser un indio, un africano, un asiático.
El Otro, para nosotros, es América latina con respecto a la Totalidad
europea; es el pueblo pobre y oprimido latinoamericano con respecto
a las oligarquías dominadoras y sin embargo dependientes. El método
del que queremos hablar, el ana-léctico, va más allá, más arriba,
viene desde un nivel más alto (aná-) que el del mero método dialéctico.
El método dia-léctico es el camino que la Totalidad realiza
en ella misma: desde los entes al fundamento y desde el fundamento
a los entes. De lo que se trata ahora es de un método (o del explícito
dominio de las condiciones de posibilidad) que parte desde el Otro
como libre, como un más allá del sistema de la Totalidad; que parte
entonces desde su palabra, desde la Revelación del Otro y que con-fiando
en su palabra obra, trabaja, sirve, crea. El método dia-léctico es la
expansión dominadora de la Totalidad desde sí; el pasaje de la potencia
al acto de "lo Mismo". El método ana-léctico es el pasaje al justo
crecimiento de la Totalidad desde el Otro y para "servir-le" (al Otro)
creativamente. El pasaje de la Totalidad a un nuevo momento de sí
misma es siempre dia-léctica, pero tenía razón Feuerbach al decir que
"la verdadera dialéctica" (hay entonces una falsa) parte del diá-logo
del Otro y no del "pensador solitario consigo mismo". La verdadera
dia-léctica tiene un punto de apoyo ana-léctico (es un movimiento
ana-dia-léctico); mientras que la falsa, la dominadora e inmoral dialéctica
es simplemente un movimiento conquistador: dia-léctico.
Esta ana-léctica no tiene en cuenta sólo un rostro sensible del Otro
(la noción hebrea de basar, "carne" en castellano, indica adecuadamente
el unitario ser inteligible-sensible del hombre, sin dualismo de
cuerpo-alma), del Otro antropológico, sino que exige igualmente
poner fácticamente al "servicio" del Otro un trabajo-creador (más
allá, pero asumiendo, el trabajo que parte de la necesidad de Marx).
La ana-léctica antropológica es entonces una economía (un poner la
naturaleza al servicio del Otro), y una erótica y una política. El Otro
nunca es "uno solo" sino, fluyentemente, también y siempre “vosotros”.
Cada rostro en el cara-a-cara es igualmente la epifanía de una
familia, de una clase, de un pueblo, de una época de la humanidad
y de la humanidad misma por entero, y, más aún, del Otro absoluto.
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El rostro del Otro es un aná-logos; él es ya la "palabra" primera y
suprema, es el gesto significante esencial, es el contenido de toda
significación posible en acto. La significación antropológica, económica,
política y latinoamericana del rostro es nuestra tarea y nuestra
originalidad. Lo decimos sincera y simplemente: el rostro del pobre
indio dominado, del mestizo oprimido, del pueblo latinoamericano
es el "tema" de la filosofía latinoamericana. Este pensar ana-léctico,
porque parte de la revelación del Otro y piensa su palabra, es la
filosofía latinoamericana, única y nueva, la primera realmente postmoderna
y superadora de la europeidad. Ni Schelling, ni Feuerbach,
ni Marx, ni Kierkegaard, ni Lévinas han podido trascender Europa.
Nosotros hemos nacido afuera, la hemos sufrido. ¡De pronto la miseria
se transforma en riqueza! Esta es la auténtica filosofía de la miseria
que Proudhon hubiera querido escribir. “C’est toute un critique de
Dieu et du genre humain”31. Es una filosofía de la liberación de la
miseria del hombre latinoamericano, pero, y al mismo tiempo, es
ateísmo del dios burgués y posibilidad de pensar un Dios creador
fuente de la Liberación misma.
Resumiendo. En primer lugar, el discurso filosófico parte de la
cotidianidad óntica y se dirige dia-léctica y ontológicamente hacia el
fundamento (cap. I, §§ 1-6). En segundo lugar, de-muestra científicamente
(epistemática, apo-dícticamente) los entes como posibilidades
existenciales. Es la filosofía como ciencia, relación fundante de
lo ontológico sobre lo óntico (cap. II, §§ 7-12). En tercer lugar, entre
los entes hay uno que es irreductible a una de-ducción o de-mostración
a partir del fundamento: el “rostro” óntico del Otro que en su visibilidad
permanece presente como trans-ontológico, meta-físico, ético
(Cap. III, §§ 13-19). El pasaje de la Totalidad ontológica al Otro
como otro es ana-léctica, discurso negativo desde la Totalidad, porque
se piensa la imposibilidad de pensar al Otro positivamente desde la
misma Totalidad; discurso positivo de la Totalidad, cuando piensa
la posibilidad de interpretar la revelación del Otro desde el Otro.
Esa revelación del Otro, es ya un cuarto momento, porque la negatividad
primera del Otro ha cuestionado el nivel ontológico que es
ahora creado desde un nuevo ámbito (cap. IV, §§ 20-25). El discurso
se hace ético y el nivel fundamental ontológico se descubre como no
originario, como abierto desde lo ético, que se revela después (ordo
cognoscendi a posteriori) como lo que era antes (el prius del ordo
realitatis). En quinto lugar (y lo pensaremos en el § 37), el mismo
nivel óntico de las posibilidades queda juzgado y relanzado desde un
fundamento éticamente establecido (cap. V, §§ 26-31), y estas posibi-
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lidades como praxis analéctica transpasan el orden ontológico y se
avanzan como "servicio" en la justicia.
Lo propio del método ana-léctico es que es intrínsecamente ético
y no meramente teórico, como es el discurso óntico de las ciencias
u ontológico de la dialéctica. Es decir, la aceptación del Otro como
otro significa ya una opción ética, una elección y un compromiso
moral: es necesario negarse como Totalidad, afirmarse como finito,
ser ateo del fundamento como Identidad. "Cada mañana despierta
mi oído, para que oiga como discípulo" (Isaías, 50, 4). En este caso
el filósofo antes que un hombre inteligente es un hombre éticamente
justo; es bueno; es discípulo. Es necesario saber situarse en el caraa-
cara, en el êthos de la liberación (como lo hemos resumidamente
descrito en el § 31), para que se deje ser otro al Otro. El silenciarse
de la palabra dominadora; la apertura interrogativa a la pro-vocación
del pobre; el saber permanecer en el "desierto" como atento oído es
ya opción ética. El método ana-léctico incluye entonces una opción
práctica histórica previa. El filósofo, el que quiera pensar metódicamente,
debe ya ser un "servidor" comprometido en la liberación.
El tema a ser pensado, la palabra reveladora a ser interpretada, le
será dada en la historia del proceso concreto de la liberación misma.
Esa palabra, ese tema no puede leerse (no es un "ser-escrito": texto),
ni puede contemplarse o verse (no es un "ser-visto": idea o luz),
sino que se oye en el campo cotidiano de la historia, del trabajo y
aún de la batalla de la liberación. El saber-oír es el momento constitutivo
del método mismo; es el momento discipular del filósofo;
es la condición de posibilidad del saber-interpretar para saber-servir
(la erótica, la pedagógica, la política, la teológica). La conversión al
pensar ontológico es muerte a la cotidianidad (la hemos visto en el
§ 33). La conversión al pensar meta-físico es muerte a la Totalidad.
La conversión ontológica es ascensión a un pensar aristocrático, el
de los pocos, el de Heráclito que se opone a la opinión de "los más"
(hoì polloí). La conversión al pensar ana-léctico o meta-físico es exposición
a un pensar popular, el de los más, el de los oprimidos, el del
Otro fuera del sistema; es todavía un poder aprender lo nuevo. El
filósofo ana-léctico o ético debe descender de su oligarquía cultural
académica y universitaria para saber-oír la voz que viene de más allá,
desde lo alto (aná-), desde la exterioridad de la dominación. La cuestión
es, ahora: ¿Qué es la ana-logía? ¿Cómo es posible interpretar
la palabra ana-lógica? ¿La misma palabra del filósofo, la filosofía
como pedagogía analéctica de la liberación, no es ella misma analógica?
¿La filosofía latinoamericana no sería un momento nuevo y
analógico de la historia de la filosofía humana? Estas cuatro pregun-
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tas deberemos responderlas sólo programáticamente, es decir, resumida
e indicativamente.
El problema de la analogía es un tema de suma actualidad32. La
palabra lógos significa para la Totalidad: co-lectar, reunir, expresar,
definir; es el sentido griego originario que Heidegger ha sabido redescubrir.
Pero la palabra lógos traduce al griego el término hebreo
dabar que significa en cambio: decir, hablar, dialogar, revelar, y, al
mismo tiempo: cosa, algo, ente. El lógos es unívoco; la dabar es análoga33.
Cabe destacarse, desde el inicio de nuestra descripción, que
tratamos aquí, por ahora (en nuestra Ética nos ocuparemos de
la analogía reí), la analogía verbí (la analogía de la palabra), es
decir, del hombre como revelación, ya que el hombre (el Otro) es la
fuente de la palabra y en su libertad estriba por último lo originario
de la palabra reveladora, no meramente expresora. Analogía verbí o
analogía fideí no debe confundírsela con la analogía nomini, ya que
esta última es de la palabra-expresiva, mientras que la primera es la
palabra que revela ante la Totalidad que escucha con con-fianza
(con fe antropológica), en la ob-ediencia discipular.
La noción de analogía es ella misma analógica. La analogía del
ser y el ente (cuya diferencia es ontológica: la "diferencia ontológica")
no es la analogía del ser mismo (cuya diversidad es alterativa:
la "distinción meta-física")34. Si el ser mismo es analógico los dos
analogados del ser no son ya di-ferentes sino dis-tintos, y de allí la
denominación que proponemos (más allá que la de Heidegger) de
"dis-tinción meta-física". Esta simple indicación deja casi sin efecto
la totalidad de los trabajos contemporáneos sobre la cuestión analógica,
y los reinterpreta desde otra perspectiva.
La analogía del ser y del ente, la "di-ferencia ontológica" fue explícita
y correctamente planteada por Aristóteles (continuando el esfuerzo
platónico y rematando en el plotiniano). Nos dice, dejando
de lado el uso óntico de la analogía en biología, y cosmología, refiriéndose
a la analogía en su uso lógico ontológico: "(los términos)
pueden compararse por su cantidad o por su semejanza (katà homoíos)...
puesto que de estas cosas no se predica (légetai) lo semejante
idénticamente (taûta). (Estos términos) son homónimos (homónymon
)"35. Los homónimos son los que tienen igual término para
significar dos entes o nociones "semejantes" (no idénticas ni diferentes)
pero con un momento de diversidad. Dejando de lado todas
las analogías ónticas, recordemos lo que nos dice genialmente el Estagirita
en cuanto a la analogía ontológica: "Tó de ón légetaí pollajôs
(el ser se predica de muchas maneras)"36, pero aclara de inmediato
que dichas predicaciones se refieren "a un polo (èn) y a una misma
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fysin... (Es decir) el ser se predica de muchas maneras pero todas
(las dichas maneras) con respecto a un origen (pròs mían arjén)"37.
De la misma maneta se plantea la cuestión de la analogía en Kant,
y Hegel desde la subjetividad moderna, o en Heidegger desde la
ontología38. Toda esta doctrina se resume en su esencia, sin entrar
a la "clasificación" de las diversas analogías ónticas, en que el "ser"
no se predica como los géneros. Los géneros se diferencian en especies,
gracias a las "di-ferencias específicas". Las especies coinciden en la
identidad del género. No debe olvidarse que el nivel de los géneros y
especies es óntico: los entes son los que coinciden en los géneros y
especies. El "ser" está más arriba que todo género y no es meramente
un género de género, sino que se encuentra en un nivel diverso,
ontológico. Los géneros y especies son interpretables, conceptualizables
por el lógos. Aquí lógos es una función secundaria de la inteligencia,
fundada en el noeîn (Aristóteles), en la Vernunft (Hegel),
la "com-prensión del ser" (Heidegger); el lógos es aquí el entendimiento
(Kant, Hegel) o la interpretación existencial (Heidegger)39,
Más-arriba40 de dicho lógos se encuentra el "ser" que metafóricamente
puede llamarse "horizonte" del mundo, "luz" del ente o, estrictamente,
la Totalidad de sentido. Para los griegos era la fysis, nombrada
explícitamente por Aristóteles, que se puede manifestar como
materia o forma, como potencia o acto, como ousía o accidente, como
verdad o falso, la última referencia. Pero en último término, el contenido
de la palabra "ser", el "ser en cuanto ser", es idéntico a sí
mismo, es Uno y "lo Mismo". Si es verdad que "puede predicarse
de muchas maneras" con respecto al ente (y en esto el ser es ana-lógico
en el nivel óntico), sin embargo, es idéntico a sí mismo. El ser,
que se predica analógicamente del ente, es él mismo tò autó, das Selbe,
"lo Mismo", como "lo visto" (físicamente por los griegos, subjetualmente
por los modernos). El ser se "ex-presa" entonces de muchas
maneras (con "di-ferencia ontológica", tanto del ser con respecto a
los entes, como entre las predicaciones fundamentales entre sí: la
materia de la forma, p. ej.), pero dicha "ex-presión" no sobre-pasa
la Totalidad ontológica como tal, que es idéntica y unívoca ("llama"
y es "llamada" fundamental y ontológicamente de la Misma manera):
el fundamento es Uno, es neutro y trágicamente "así, como es".
Hay sólo analogía del ente (analogia entis) (no se olvide que el
“ente” es "el que es" ónticamente, y "lo que" es como sentido tiene
su raíz en el fundamento ontológico); analógica es la predicación
del ser con respecto al ente. La dia-léctica ontológica es posible porque
el ente es analógico o porque se le predica el ser analógicamente;
es decir, el ser está siempre más allá y el movimiento es posible como
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actualidad de la potencia. Pero al fin el ser es Uno y el movimiento
ontológico fundamental es "la eterna repetición de lo Mismo". La
mera analogía del ente termina por ser la negación de la historicidad.
En cambio, la ana-logía del ser mismo nos conduce a una problemática
abismalmente diversa. El "ser mismo" es análogo y por ello
lo es doblemente el ente, ya que la "cosa" (res para nosotros no es
ens, como lo veremos en la Ética) misma es analógica. La diversidad
del ser en una y otra significación originariamente dis-tinta
la hemos denominado la "dis-tinción meta-física". No se trata de
que sólo el ser como fundamento se diga de maneras analógicamente
diferentes. Es que el mismo ser como fundamento de la Totalidad
no es el único modo de predicar el ser. El ser como más-alto (áno)
o por sobre (aná-) la Totalidad, el Otro libre como negatividad primera,
es ana-lógico con respecto al ser del noeîn, de la Razón hegeliana
o de la com-prensión heideggeriana. La Totalidad no agota
los modos de decir ni de ejercer el ser. El ser como fysis o subjetividad,
como Totalidad, es un modo de decir el ser; el ser idéntico y único
funda la analogía del ente. En cambio, el ser como la Libertad abismal
del Otro, la Alteridad, es un modo de decir el ser verdaderamente
aná-logica y dis-tinta, separada, que funda la analogía de la palabra
(como primer modo que se nos da de la analogía de la cosa real:
la analogia fidei es la propedéutica a la analogia rei, como veremos
más adelante). El ser único e idéntico en sí mismo de la analogía del
ente, gracias a la "di-ferencia ontológica", funda la ex-presión (lógos
apofantikós) de la Totalidad. El ser analógico del Otro como alteridad
meta-física, gracias a la "dis-tinción", origina la revelación del
Otro como pro-creación en la Totalidad. El lógos como palabra expresora
es fundamentalmente (con referencia al horizonte del mundo)
unívoca: dice el único ser. La dabar (en hebreo "palabra") como voz
reveladora del Otro es originariamente aná-loga. Ahora la ana-logía41
quiere indicar una palabra que es una revelación42, un Decir43 cuya
presencia44 patentiza la ausencia, que sin embargo atrae y pro-voca,
de "lo significado": el Otro mismo como libre y como pro-yecto ontológico
alterativo; ahora todavía incom-prensible, transontológico.
La palabra reveladora del Otro, como otro y primeramente, es
una palabra que se capta (comprensión derivada inadecuada) en la
"semejanza"45, pero que no se llega a "interpretar" por lo abismal
e incomprensible de su origen dis-tinto. Tomemos algunos ejemplos
cotidianos para descubrirla como la palabra primera y más frecuente.
La palabra reveladora erótica exclama: "-Te amo" (sea mujer o
varón a un varón o mujer). La revelación pedagógica puede indicar:
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"-Ve a comprar pan a la nueva panadería de la esquina" (la madre
a su hijito). La revelación política puede decir: "-Tengo derecho
a que se me pague mayor salario" (un obrero al empresario). En
estos tres niveles se da ya todo el misterio de la analogia fidei o verbi
con "dis-tinción meta-física". Queremos insistir en el hecho de que
esta palabra no es sólo la primera palabra sino la primera experiencia
humana en cuanto tal. En el útero materno se vive ya la alteralidad,
pero es en el momento mismo del nacimiento, en el instante del
parto (parir como a-parición), en el que se es cobijado y acogido en
el Otro y por el Otro, que ya se presenta como "hablante". La madre
dice: "-Hijito mío". El médico exclama: "-Es una niña". El recién
parido, el a-parecido en el mundo de los Otros (todavía él mismo sin
mundo), comienza a formar su mundo en la confianza filial y en la
ob-ediencia discipular en el Otro: el más-alto y por ello maestro del
mundo. Esta palabra no es ni el signo o el concepto de la ciencia46,
ni el simbolismo como dominio operatorio matemático, ni la palabra
del neopositivismo de Wittgenstein, ni el lenguaje preformativo de
Austin, ni el lenguaje de auto-implicación (self-involvement) de Evans,
ni el discurso ético de Ladrière (cuando dice que "el hombre es responsable
de sí mismo como ser egológico, y responsable ante sí mismo")
47. Derrida se acerca, pero tampoco da cuenta de la cuestión, cuando
quiere indicar una diversidad entre la "différence" y la "différance"
48.
"- Te amo", dice el muchacho a su novia. Es una palabra, mejor
aún, es una proposición: un juicio con sujeto y predicado pero que
"propone" algo a alguien: que se "pro-pone" a sí mismo. Es un juicio
imperativo, no en el sentido que ordene o mande algo, sino porque
incluye una como obligación, una exigencia, un imperio. "Lo Dicho":
por ahora inverificado (ya que el amor se mostrará efectivamente en
la diacronía del cumplimiento de la palabra meta-física), se apoya en
su pretensión (esta pretensión se hace imperativa) de verdadera. La
veracidad de "lo Dicho" queda asegurada y sólo con-fiada en el "Decir"
mismo, en el Otro que lo dice. Exige ser tenida como verdadera: se
obliga a tener fe, ya que el lógos o dabar proferido en la revelación
dice referencia radical a lo que es más-alto y más-allá que "lo Dicho"
y que mi propio horizonte ontológico de com-prensión como Totalidad:
su palabra es ana-lógica (el lógos como fysis o mundo) porque
su presencia (el "Decir" que exclama "lo Dicho": "-Te amo") remite
al que revela ("el que" dice amar), pero oculta su mismidad transontológica
(la mentira es siempre posible y su "Decir" puede ser
hipocresía)49.
Esta remitencia o referencia de la palabra reveladora al revelador
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deja al que escucha dicha palabra en la Totalidad en una situación
que es necesario describir, porque toca a la esencia misma del hombre,
de la historicidad, de la racionalidad. La palabra que irrumpe
desde el Otro en la Totalidad no es interpretable, porque puede interpretarse
algo en la medida en que guarda relación de fundamentación
con la com-prensión del ser mundano. Pero dicha palabra irrumpe
desde más allá del mundo (desde el mundo del Otro). Sin embargo,
es "comprensible inadecuadamente" -como hemos dicho más arriba-.
Comprensión por "semejanza" y confusa. A partir de la experiencia
pasada que tengo de la que en su Decir me dice el Otro uno
se forma una idea aproximada y todavía imprecisa, inverificada, de
lo que se revela. Se asiente, se tiene convicción o se comprende inadecuadamente
"lo Dicho" teniendo con-fianza, fe, en el Otro: "porque
él lo dice". Es el amor-de-justicia, transontológico, el que permite
aceptar como verdadera su palabra inverificada. Este acto de la racionalidad
histórica es el supremamente racional y la muestra de la
plenitud del espíritu humano: ser capaz de jugarse por una palabra
creída es, precisamente, un acto creador que camina por sobre el
horizonte del Todo y se avanza, sobre la palabra del Otro en la
nuevo50.
La palabra tenida por verdadera (für-Wahr-halten)51, con el asentimiento
del entendimiento en una confusa comprensión óntica inadecuada
a partir de la "semejanza" de lo ya acontecido en la Totalidad,
como declaración, proposición, pro-vocación del Otro (la muchacha
con respecto al "amor"; el hijo y la madre con respecto al dinero
y la panadería; el empresario con respecto a la reivindicación interpelante),
permite avanzar por la praxis liberadora, analéctica, por
el trabajo servicial (habodáh), en vista de alcanzar el pro-yecto fundamental
ontológico nuevo, futuro, que el Otro revela en su palabra
y que es incom-prensible todavía porque no se ha vivido la experiencia
de estar en dicho mundo (Totalidad nueva, nueva Patria,
orden legal futuro). Es decir, la revelación del Otro abre el pro-yecto
ontológico pasado, de la Patria vieja, de la dominación y alienación
del Otro como "lo otro", al pro-yecto liberador (estudiado en el § 25
y los §§ 30-31 de nuestra Ética). Ese pro-yecto liberador, ámbito
transontológico de la Totalidad dominadora, es lo más-alto, lo másallá
a lo que nos invita y pro-voca la palabra reveladora. Sólo con-fiados
en el Otro, apoyados firmemente sobre su palabra, la Totalidad
puede ser puesta en movimiento; caminando en la liberación del Otro
se alcanza la propia liberación. Sólo cuando por la praxis liberadora,
por el compromiso real y ético, erótico, pedagógico, político, se accede
a la nueva Totalidad en la justicia, sólo entonces se llega a una cierta
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Identidad analógica por su parte (communitas bonitatis) desde donde,
sólo ahora, la palabra antes comprendida confusamente, tanto cuanto
era necesario para poder comenzar la ad-ventura de la liberación en
el amor-de-justicia, alcanza la posibilidad de una adecuada interpretación.
Poseyendo Como propio el fundamento ontológico desde donde
el Otro, en la diacronía de la palabra reveladora, pronunció su palabra,
ahora, en el futuro del pasado pasado, en el presente, puede referirse
aquella palabra recordada al actual y vigente horizonte alcanzado
por la praxis liberadora ya partir del Otro revelante, pro-vocante.
Si el método analéctico era el saber situarse para que desde las condiciones
de posibilidad de la revelación pudiéramos acceder a una recta
interpretación de la palabra del Otro, todo lo dicho viene a mostrarnos
el método mismo.
En el pasaje diacrónico, desde el oír la palabra del Otro hasta la
adecuada interpretación (y la filosofía no es sino saber pensar reduplicativamente
esa palabra inyectándole nueva movilidad desde la
conciencia crítica del mismo filósofo), puede verse que el momento
ético es esencial al método mismo. Sólo por el Compromiso existencial,
por la praxis liberadora en el riesgo, por un hacer propio discipularmente
el mundo del Otro, puede accederse a la interpretación, Conceptualización
y verificación de su revelación. Cuando se habita, por
la ruptura ética del mundo antiguo, en el nuevo mundo puede ahora
interpretarse dia-lécticamente la nueva palabra revelada en el mundo
antiguo. Puede aún de-mostrarse, desde el pro-yecto ahora con-vivido,
el porqué reveló lo que reveló. Pero aquella palabra, de ayer, hoy
está muerta, y quedarse en ella por ella misma es nuevamente sepultar
la analéctica presente en la dia-léctica del pasado. En este caso filosofía
es sólo recuerdo (Er-innerung como dirá Hegel); por esto la
filosofía se eleva en el atardecer como el ave Fénix. Pero los que
describen la filosofía como des-o1vido o recuerdo, como mayéutica,
olvidan que primeramente la filosofía es oído a la voz histórica del
pobre, del pueblo; compromiso con esa palabra; desbloqueo o aniquilación
de la Totalidad antigua como única y eterna; riesgo en comenzar
a Decir lo nuevo y, así, anticipación de la época clásica, que es
cuando las cosas hayan ya sucedido y sea el tiempo de cosechar los
resultados, nunca finales, siempre relativos, de la historia de la liberación
humana.
El pasaje de oír la revelación a la verificación de la palabra; la
diacronía entre la Totalidad puesta en cuestión por la interpelación
hasta que la pro-vocación sea interpretada como mundo cotidiano,
es la historia misma del hombre. La revelación, primeramente antropológica,
es la presencia de la negatividad primera, lo ana-lógico;
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es 1o que el método analéctico posibilita (en el sentido que deja lugar
para ello; lugar que no existe en el método dia-léctico) y lo que
debe saber describir y practicar.
Si la filosofía fuera sólo teoría, com-prensión refleja del ser e interpretación
pensada del ente, la palabra del Otro sería indefectiblemente
reducida a "lo ya Dicho" e interpretada equívocamente desde
el fundamento vigente de la Totalidad, al que el sofista sirve (aunque
cree ser filósofo). Es equivocada su interpretación porque, al opinar
que "lo Dicho" es "lo Mismo" que él interpreta cotidianamente, ha
hecho "idéntico" (unívoco) lo de "semejante" que tiene la palabra
aná-loga del Otro. Es decir, ha negado lo de "dis-tinto" de dicha palabra;
ha matado al Otro; lo ha asesinado. Tomar la palabra del Otro
como unívoca de la propia es la maldad ética del sofista, pecado que
lo condena ya que es error capital de la inteligencia: culpabilidad
negada que permite a la Totalidad seguir considerándose como verdadera
y conquistando o matando a los "bárbaros" en nombre de la
filosofía del sofista. Considerar a la palabra del Otro como “semejante”
a las de mi mundo, conservando la “dis-tinción meta-física”
que se apoya en él como Otro, es respetar la ana-logía de la revelación;
es deber comprometerse en la humildad y mansedumbre en el
aprendizaje pedagógico del camino que la palabra del Otro como
maestro va trazando cada día. Así el auténtico filósofo, "hombre de
pueblo con su pueblo", pobre junto al pobre, Otro que la Totalidad
y primer pro-feta del futuro, futuro que es el Otro hoy a la intemperie,
va hacia el nuevo pro-yecto ontológico que le dará la llave
de interpretación pensada de la palabra previamente revelada como
hijo que aprende todavía. La filosofía en este caso, originariamente
ana-léctica, camina dia-lécticamente llevado por la palabra del Otro.
El filósofo, racionalidad actual refleja auténtica, sabe que el comienzo
es con-fianza, fe, en el magisterio y la veracidad del Otro: hoy es
confianza en la mujer, el niño, el obrero, el subdesarrollado, el alumno,
en una palabra, el pobre: él tiene el magisterio, la pro-vocación
ana-lógica; él tiene el tema a ser pensado: su palabra revelante debe
ser creída o no hay filosofía sino sofística dominadora.
La filosofía así entendida es no una erótica ni una política, aunque
tenga función liberadora para el éros y la política, pero es estricta y
propiamente una pedagógica: relación maestro-discípulo, en el método
de saber creer la palabra del Otro e interpretarla. El filósofo para
ser el futuro maestro debe comenzar por ser el discípulo actual del
futuro discípulo. De allí pende todo. Por ello esa pedagógica
analéctica (no sólo dialéctica de la Totalidad ontológica) es de la
liberación. La liberación es la condición del maestro para ser maes-
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tro. Si es un esclavo de la Totalidad cerrada nada puede interpretar
realmente. Lo que le permite liberarse de la Totalidad para ser sí
mismo es la palabra analéctica o magistral del discípulo (su hijo,
su pueblo, sus alumnos: el pobre). Esa palabra analógica le abre la
puerta de su liberación; le muestra cuál debe ser su compromiso por
la liberación práctica del Otro. El filósofo que se compromete en la
liberación concreta del Otro accede al mundo nuevo donde com-prende
el nuevo momento del ser y desde donde se libera como sofista
y nace como filósofo nuevo, ad-mirado de lo que ante sus ojos venturosamente
se despliega histórica y cotidianamente. El mito de la caverna
de Platón quiso decir ésto pero dijo justamente lo contrario. Lo
esencial no es el ver ni la luz: lo real es el amor de justicia y el Otro
como misterio, como maestro. Lo supremo no es la contemplación
sino el cara-a-cara de los que se aman desde el que ama primero.
Por su parte, la filosofía latinoamericana puede ahora nacer. Sólo
podrá nacer si el estatuto del hombre latinoamericano es descubierto
como exterioridad meta-física con respecto al hombre nordatlántico
(europeo, ruso y americano). América no es la materia de la forma
europea como conciencia52. Tampoco es de Latinoamérica el temple
radical de la expectativa, modo inauténtico de la temporalidad53.
La categoría de fecundidad en la Alteridad deja lugar meta-físico
para que la voz de América latina se oiga. América latina es el hijo
de la madre amerindia dominada y del padre hispánico dominador.
El hijo, el Otro, oprimido por la pedagogía dominadora de la Totalidad
europea, incluido en ella como el bárbaro, el bon sauvage, el
primitivo o subdesarrollado. El hijo no respetado como Otro sino
negado como ente conocido (cogitatum de los "Instituto para América
latina"). Lo que América latina es, lo vive el simple pueblo dominado
en su exterioridad del sistema imperante. Mal pueden los filósofos
decir lo que es América latina liberada o cuál sea el contenido
del pro-yecto liberador latinoamericano. Lo que el filósofo debe saber
es cómo des-truir los obstáculos que impiden la revelación del Otro,
del pueblo latinoamericano que es pobre, pero que no es materia
inerte ni telúrica posición de la fysis. La filosofía latinoamericana
es el pensar que sabe escuchar discipularmente la palabra analéctica,
analógica del oprimido, que sabe comprometerse en el movimiento
o en la movilización de la liberación, y, en el mismo caminar va
pensando la palabra reveladora que interpela a la justicia; es decir,
va accediendo a la interpretación precisa de su significado futuro.
La filosofía, el filósofo, devuelve al Otro su propia revelación como
renovada y re-creadora crítica interpelante. El pensar filosófico no
aquieta la historia expresándola pensativamente para que pueda ser
123
124
archivada en los museos. El pensar filosófico, como pedagógica analéctica
de la liberación latinoamericana, es un grito, es un clamor,
es la exhortación del maestro que relanza sobre el discípulo la objeción
que recibiera antes; ahora como revelación reduplicadamente
pro-vocativa, creadora.
La filosofía latinoamericana, que tiende a la interpretación de la
voz latinoamericana, es un momento nuevo y analógico en la historia
de la filosofía humana. No es ni un nuevo momento particular del
Todo unívoco de la filosofía abstracta universal; ni es tampoco un
momento equívoco y autoexplicativo de sí misma. Desde su dis-tinción
única, cada filósofo y la filosofía latinoamericana, retorna lo "semejante"
de la filosofía que la historia de la filosofía le entrega; pero
al entrar en el círculo hermenéutico desde la nada dis-tinta de su
libertad el nivel de semejanza es analógico. La filosofía de un auténtico
filósofo, la filosofía de un pueblo como el latinoamericano, es
analógicamente semejante (y por ello es una etapa de la única historia
de la filosofía) y dis-tinta (y por ello es única, original e inimitable,
Otro que todo otro, porque piensa la voz única de un nuevo Otro: la
voz latinoamericana, palabra siempre reveladora y nunca oída ni interpretada).
Si se expone la historia de la filosofía se privilegia el momento
de "semejanza" que tiene toda filosofía auténtica. Si la “semejanza”
se la confunde con la identidad de la univocidad se expone
una historia a la manera hegeliana: cada filósofo o pueblo vale en
tanto “parte” de la única historia de la filosofía, y en ese caso "ser
un individuo no es nada desde el punto de vista histórico-mundial"54.
En este caso la filosofía latinoamericana no es nada, como tal, y deberá
simplemente continuar un proceso idéntico al comenzado por Europa.
Si, en cambio, se sobresalta lo de “dis-tinto” que cada filósofo o
pueblo tiene, puede llegarse a la equivocidad total y a la imposibilidad
de una historia de la filosofía, a lo que tienden las sugerencia
de Ricoeur en Historia y Verdad, y en especial de Jaspers: no hay
historia de la filosofía; hay biografías filosóficas. Ni la identidad
hegeliana ni la equivocidad jaspersiana, sino la analogía de una
historia cuya continuidad es por semejanza pero su discontinuidad
queda igualmente evidenciada por la libertad de cada filósofo (la
nada de donde parte discontinuamente la vida de cada uno) y de
cada pueblo (la distinción de la realidad de la opresión latinoamericana).
La filosofía latinoamericana es, entonces, un nuevo momento
de la historia de la filosofía humana, un momento analógico que
nace después de la modernidad europea, rusa y norteamericana, pero
antecediendo a la filosofía africana y asiática postmoderna, que constituirán
con nosotros el próximo futuro mundial: la filosofía de 1os
124
125
pueblos pobres, la filosofía de la liberación humano-mundial (pero
no ya en el sentido hegeliano unívoco, sino en el de una humanidad
analógica, donde cada persona, cada pueblo o nación, cada cultura,
pueda expresar lo propio en la universalidad analógica, que no es
ni universalidad abstracta [totalitarismo de un particularismo abusivamente
universalizado], ni la universalidad concreta [consumación
unívoca de la dominación])55.
Esta simple posición Europa no lo acepta; no lo quiere aceptar;
es el fin de su pretendida universalidad. Europa está demasiado
creída de su universalismo; de la superioridad de su cultura. Europa,
y sus prolongaciones culturo-dominadoras (Estados Unidos y Rusia),
no sabe oír la voz del Otro (de América latina, del Mundo
árabe, del África negra, de la India, la China y el Sudeste asiático).
La voz de la filosofía latinoamericana como no es meramente tautológica
de la filosofía europea se presenta como “bárbara”, y al pensar
e1 "no-ser" todo lo que dice es falso. Como yo mismo expuse en una
universidad europea a comienzos de 1972, lo que pretendemos es, justamente,
una “filosofía bárbara” una filosofía que surja desde el
"no-ser" dominador. Pero, por ello, por encontrarnos más allá de la
totalidad europea, moderna y dominadora, es una filosofía del futuro,
es mundial, postmoderna y de liberación. Es la cuarta Edad de
la filosofía y la primera Edad antropo-lógica: hemos dejado atrás la
fisio-logía griega, la teo-logía medieval, la logo-logía moderna, pero
las asumimos en una realidad que las explica a todas ellas.
NOTAS
Cuando se remite a un capítulo o parágrafo se trata de nuestra obra Para una
ética de la liberación latinoamericana.
1 Jean Ladrière en su obra L 'articulation du sens. Discours scientifique et pa-
Tole de la foi nos dice "el discuso del saber (filosófico) tiene en vista la reduplicación
de lo real, el asumir lo real en el nivel de la palabra comprensora" (p.
187), como "un saber de la totalidad" (p. 184), y por ello se dirige a "la actividad
constituyente absolutamente originaria" (p. 186), que es "la vida universal como
génesis absoluta de todas las formas, de todos los fenómenos y de todas las significaciones"
(p. 185). Más allá de este pensar, que en su esencia es la ontología heideggeriana,
no habría sino "la palabra de la fe" (teológica) (pp. 186 ss.); "a la
palabra de la revelación responde la palabra de la fe" (p. 187). Para Ladrière,
como para la ontología de la Totalidad, toda fe es teológica y toda revelación lo
es igualmente. Queremos demostrar que la fe puede ser una posición antropológica
(en el cara-a-cara del varón-mujer, padres-hijos, hermano-hermano) y por
ello hay filosofía en la revelación y la fe antropológica, tertium quid entre la onto-
125
126
logía dialéctica de la Totalidad y la teología de la fe sobrenatural. La descripción
de la revelación antropológica, dicho sea de paso, fundamentará una nueva
descripción de la revelación teológica e indicará el limite del pensar filosófico.
2 Sobre este más allá nos hemos referido ya en los § 13 (con respecto a Heidegger),
§ 16, 17-19-BB, y en especial en § 29 (texto citado en nota 254 del cap. V),
de nuestra Ética de la liberación.
3 Kant, KrV, A 92, B 125.
4 Y en este caso, como mera "posibilidad", es "la condición universal, aunque
puramente negativa (sic), de que no se contradigan a sí mismos" (KrV, A 150,
B 189).
5 Parte de la famosa lección universitaria 24, ya citada arriba, de la Einleitung
in die Philosophie der Mythologie (Werke, t. V, p. 745). Schelling tiene conciencia
que lo que es "puro pensar" no es sino pura "potencialidad (Potentialität)"
(Ibid., p. 744). Hegel definía al fin la realidad desde la posibilidad (Enzyklop.,
§ 383, Zusatz; t. X, p. 29).
6 Ibíd., p. 745.
7 Ibíd., pp. 745-756. Esto le permite decir a Schelling que "Dios es exterior
(ausser) a la Idea absoluta... (la que es) solo pura Idea, solo en el concepto, pero
no Ser actual" (Ibíd., p. 744). Dios, en este caso, no es una Idea (la Idea sería
el Ser como pensado; Schelling ha criticado magistralmente a Descartes y a su propia
postura de juventud, cuando en las lecciones Zur Geschichte der neueren Philosophie
dice: "En el Cogito ergo sum avanzó como inmediatamente idéntico, Descartes,
el pensar y el ser (Denken und Sein als unmittelbar identisch)", de donde
deducirá que "pertenece al concepto de la Esencia perfecta también el concepto
de existencia necesaria; por lo que Dios es solo pensar"; Werke, t. V, pp. 79-83);
si la Idea es el Ser, Dios no es sólo Ser sino que es "el Señor del Ser (der Herr
des Seins), no solo transmundano (transmundan) como si Dios fuera la causa final,
sino supramundano (supramundan)" (Einleitung in die Phil. der Mythol., p. 748).
Por ello la posición “contemplativa” lo que mejor puede es, acaso, conocer "solo
una Idea", pero de lo que se trata es de que "la persona busca la persona" (Ibíd.),
“algo fuera de la Idea, algo que es más (mehr) que la Idea, kreîtton toû 1ógou”
(Ibíd.). Esto es la "crisis de la ciencia de la razón (Krisis der Vernunftwissenschaft)"
superando en su intento al mismo Husserl.
8 Ibíd., p. 747.
9 Grundäitze der Philosophie der Zukunnft (1843), § I.
10 KrV, B 208.
11 Feuerbach, op. cit., § 32.
12 Thesen über Feuerbach, § 1; t. II, p. I.
13 Por ejemplo en Post-scriptum aux miettes philosophiques, p. 202, nota 2,
Kierkegaard es, de los nombrados, el más fiel al pensar del Schelling definitivo,
y el más metafísico de los tres. Resume bien la cuestión de la existencia cuando
dice que "todo saber sobre la realidad es solo posibilidad" (p. 21l).Todo Kierkegard
(y también su modernidad) queda expresado en la crítica a Descartes y Hegel:
“Si comprendo el yo del cogito como un hombre particular, la frase no prueba
nada: yo soy pensante, ergo yo soy; pero si yo soy pensante no es tampoco una
maravilla que sea, ya se lo ha dicho y, entonces, la primera parte de la propo-
126
127
sición dice lo mismo que la segunda. Si en cambio se comprende por el yo que
reside en el cogito un solo hombre particular existente, el filósofo (hegeliano)
grita: Locura, locura, no es cuestión aquí de mi yo o de tu yo, sino del yo puro.
Ese yo puro no puede tener otra existencia que el de una existencia conceptual...
es una tautología” (pp. 211-212).
14 Ibíd., p. 71.
15 Ibíd., pp. 88 ss. Si la cuestión de la exterioridad del Otro teológico será e]
aporte kierkegaardiano, sus defectos serán la subjetividad moderna, su individualismo
europeo y el "saltar" por sobre la antropología.
16 Ibíd., p. 217.
17 Ibíd.
18 Ibíd., p. 218.
19 Ibíd., p. 242.
20 Ibíd., p. 380.
21 Ibíd., p. 139.
22 Ibíd., p. 386.
23 Philosophie der Offenbarung, III, Vorlesung 24; Werke. t. VI, p. 396.
24 Ibíd.
25 Ibíd., p. 398.
26 Ibíd.
27 Ibíd., p. 399.
28 Ibíd., p. 407. Schelling afirma entonces que más allá del lógos como razón
intuitiva o comprensora se encuentra el lógos como la palabra del Otro que revela.
La palabra como intuición o expresión es Totalitaria; la aceptación de una palabra
reveladora da lugar a un más allá del pensar, da lugar al Otro y por ello es
posible solo en la fe. Esta es la problemática de un Jaspers, en su obra Der philosophische
Glaube (cfr. M. Dufrenne-P. Ricoeur, Karl Jaspers, pp. 247 ss.; X. Tilliette,
Karl Jaspers, pp. 189 ss.). Dejando de lado otra cuestión grave Jaspers
mantiene la alteridad de la fe casi exclusivamente al nivel teológico, con respecto
a la Trascendencia (op. cit., pp. 29); y por ello la cuestión de la revelación se
sitúa exclusivamente al nivel religioso (pp. 65 ss.). La Alteridad queda así unilateral
e imprecisamente formulada, sobre todo con el término Umgreifende: "Glaube
ist das Leben aus dem Umgreifenden” (p. 20). Además habla de una "fe filosófica"
(en oposición a la teológica revelada positivamente), pero se trata de una
"fe antropológica" en primer lugar, cuestión que, como hemos dicho, el mismo
Schelling y Kierkegaard no conceptualizaron adecuadamente.
29 Totalité et infini, pp. 161 ss.
30 Véase el artículo de Lévinas: "Le Dit et le Dire".
31 Proudhon, Philasophie de la miserè, p. 45.
32 Por no citar sino solo tres obras, téngase en cuenta la de L. Bruno Puntel,
Antologie und Geschichtlichkeit (1969), I, con bibliografía en pp. 558-69, y de
HenryChavannes, L'analogie entre Dieu et le monde (1969), con bibliografía en
pp. 313-318 y B. Montagnes, La doctrina de l'analogie de l'étre (1963), pp. 185-197.
La palabra analéctica la usa B. Lakrebrink, en su obra Hegels dialektische Ontologie
und die Thomistisch Analektik (1955), aunque en otro sentido del que
la usamos nosotros.
127
128
33 Cfr. Thorleif Boman, Das hebraische Denken im Vergleich mit dem griechischen,
en especial la cuestión de "La palabra" (pp. 45 ss.; 161 ss.). Boman nos
propone un siguiente cuadro, que hemos corregido en parte, y que nos permiten
comprender la doble significación de la "palabra" (etimológicamente):
34 Recuérdese el esquema indicado al fin del § 13 del cap. I (tomo I de la
Ética).
35 I Topicos 15; 107 b 13-16. El synónymon es lo que llamamos unívoco (un
término para un ente o noción); el parónimos es en castellano el equívoco (término
derivado idéntico para dos entes o nociones diversas).
36 Metaf. Gama, 2; 1003 a 33.
37 Ibíd., a 33- b 6. Más adelante agrega todavía que "una sola ciencia es la
que teoretiza de una manera (metódicamente), si se refiere a una naturaleza (pròs
mían fysin)" (Ibíd., b 13-14).
38 La obra de Bruno Puntel, Analogie und Geschichtlichkeit, puede ser consultada
sobre esta cuestión. Estudia la analogía en Kant (pp. 303 ss.), en Hegel
(pp. 365 ss.) y en Heidegger (pp. 455 ss.).
39 Clr. el § 7, del cap. II, del tomo I de nuestra Ética.
40 Véase la diferencia vertical de áno-katá y horizontal de aná-aná indicada
por Erick Pryzwara, Mensch. Typologische Anthropologie I, pp. 73 ss.
41 E. Pryzwara tiene una feliz descripción de este hecho: "Agustín debió denominar
aná- como lo que anuncia a lo áno (con omega): el Misterio más próximo
del creador como la revelación de la Tiniebla que enceguese por su resplandor"
(Analogia entis, I, p. 171). Es el sentido que da Max Müller a la noción de
símbolo ("Symbolon-Zusammenfall, Ineinsfall des Endlichen mit dem es unendlich
Uebersteigenden und doch in das Endliche Eingehenden") (Existenzphilosophie im
geistigen Leben der Gegenwart. p. 230).
42 Esta cuestión la indicaba ya Schelling con su Philosophie der Offenbarung.
43 Emmanuel Lévinas indica exactamente la cuestión cuando escribe: "La sig-
128
129
nificación del Decir va más allá de lo dicho: no es una ontología que suscita el
sujeto parlante, es la significancia (significance) del Decir más allá de la esencia
que justifica la exposición del ser o la ontología" (art. cit. "Le Dit et le Dire",
p. 30). La univocidad fundamental la expresa así: "El lenguaje como Dicho puede
entonces concebirse como un sistema de palabras identificando las entidades"
(p. 34). La cuestión ana-lógica de la Alteridad, anterior a la mera "diferencia
ontológica" es indicada cuando dice: "De la anfibiología del ser y el ente en lo
Dicho será necesario remontarse hasta el Decir, significante antes que la esencia,
antes que la identificación... Nada hay más grave, nada más augusto que la responsabilidad
por el Otro y el Decir" (p. 39). "El Parlante (le Disant) en el Decir
no da un signo, se hace signo. Él es-para-el-Otro" (p. 42,). "El Decir es la exposición
de uno al Otro... Es el descubrirse en el riesgo de sí mismo, en la sinceridad,
en la ruptura de la interioridad y en el abandono de toda seguridad, en la
exposición al traumatismo, en la vulnerabilidad" (p. 44); es "exhibición, inseparable
de la violencia del que se desnuda, exposición de esta exposición, signo
que hace signo del signo, haciéndose sí mismo signo: revelándose" (p. 45).
44 La palabra, o mejor el rostro mismo como signo, se "presenta" como un
ente en el mundo de la Totalidad, pero esa presencia es solo un velo que aparece
como velo y avanza lo que cubre como ausente: sugiere, llama, invita, acoge.
45 "Semejante" traduce el hómoios griego. Recuérdese que la analogía se juega
entre dos términos: ambos tienen algo de semejante (pero no idéntico: non communitate
univocationis sed analogiae) y algo en lo que son distintos (no meramente
diferente). En esto Cayetano dice correctamente que "el fundamento de
la similitud de la analogía (fundamentum analogae similitudinis) es necesario
que no haga abstración en los extremos (de la diversidad) de los extremos mismos;
por su parte los fundamentos permanecen distintos (fundamenta distincta),
semejante sin embargo por proporción, por lo que se dice que son analógicamente
idénticos (eadem)" (De nominum analogia III, 33; p. 57). La noción analógica
("ser" p. e.) tiene un ámbito de semejanza, donde los modos originario
del ser coinciden; pero al mismo tiempo tienen cada uno un ámbito irreductible
o dis-tinto que quedó confusamente englobado, no precisamente, en la noción
analógica como semejante. La mera semejanza puede llevar a confusión si no se
indica la distinción. Llamamos con Heidegger "comprensión derivada" (y agregamos
lo de "inadecuada") aquella que capta el ente confusamente e incluyendo
sus distinciones originarias: al confundir sus distinciones es "inadecuada". Llamamos
"interpretar" al acto mismo de conceptuar o descubrir un sentido (...como
esto); acto que solo puede cumplirse accediendo de alguna manera al fundamento
dist-tinto del Otro; haciendo que los fundamenta distincta hayan devenido, al
menos en un cierto nivel, fundamentum univocae similitudinis, es decir, la Totalidad
compartida (porque se puede "interpretar" algo desde un mismo fundamento,
super communcationem beatitudinis [II-II, q. 24, a. 2, resp.]).
46 Cfr. Ladriere, L 'articulation du sens. Vamos nombrando los títulos de los
más importantes temas de este valioso libro.
47 Ibíd., p. 158. En la revelación del Otro el hombre es responsable del Otro
ante el Otro. En el artículo de Paul Ricoeur, Langage (philosophie), en Encyclo-
129
130
paedia Universalis, t. IX (1971) pp. 771 ss., tampoco aborda la cuestión que
aquí nos ocupa.
48 "Une voix sans différance est a la fois absolument vive et absolument morte"
(La voix et le phénomène, p. 115). Derrida nos da, de todas maneras, una preciosa
ayuda con sus análisis sobre la palabra dicha y la escrita (cfr., p. e., De
la grammatologie, pp. 21 55.): la voz y la escritura. La "revelación" de la que
venimos hablando es imposible que se de como escrita. Se puede escribir “lo
Dicho", pero el "Decir" mismo se vive en el cara-a-cara o no se vive. La palabra
ana-lógica meta-física exige el rostro del Otro hablando en acto (o por lo menos
su recuerdo como Otro "diciendo" y no el mero recuerdo de “lo que” me dijo,
y solo en este caso "lo escrito" se refiere al "Decir" mismo donde se juega la esencia
de la palabra, que es primigeniamente revelación).
49 De igual manera la madre con-fía en que el hijo comprará pan y no una
revista; el hijo confía que el dinero es suficiente y la panadería nueva se encuentra
en la esquina. Así también el empresario escucha la interpelación: como revelación
(y le dará crédito), como usurpación de lo propio (e interpretándola
como tentación la rechazará como algo malo, calculando tácticamente los pasos
a dar para acallarla).
50 Anticipándose por siglos a la crítica del cogito cartesiano, del Saber absoluto
hegeliano y del cientificismo del neopositivismo, un medieval decía que "el
que intuye (inmediatamente los principios) tiene un cierto asentimiento (assensum),
porque adhiere con certeza (certissime) a lo inteligido, pero no por mediación
del pensamiento (cogitationem), ya que sin mediación queda determinado
por el fundamento. El que sabe (sciens) ejerce el pensar y tiene asentimiento,
pues el pensar causa el asentimiento y el asentimiento concluye el pensar... Pero
en la fe no hay asentimiento por mediación del pensamiento sino por mediación
de la voluntad (ex voluntate)" (Tomas, De Veritate, q. 14, a. I, C) Patet). ¿Por
qué? "Porque en la fe el entendimiento no alcanza el fundamento (ad unum)
como término propio al que se dirige, que es la visión de algo inteligible (visto...)"
(Ibíd.), y, por ello, debe apoyarse en un "término ajeno": en la voluntad, el amor,
la praxis como trabajo liberador; se apoya en el Otro. Sin embargo, la fe puede
tener una “certeza (certitudo)” mayor, a saber, "por la firmeza de la adhesión,
y en cuanto a esto la fe tiene más certeza (certior) que la intuición y la ciencia...
aunque no tiene tanta evidencia (evidentiam) como la ciencia y la intuición" (Ibíd.,
ad 7). Ese asentimiento "de lo ausente" (non apparens) (el Otro como misterio,
lo aná de la palabra analógica) determina al entendimiento por medio de la voluntad
y transforma el "asentimiento" en "convicción" ("dicitur convictio, quia
convincit intellectum modo praedicto"; Ibíd., a. 2, A) 2) Voluntas). Por ello se
decía en el medioevo que el "amor es el que constituye la con-fianza" (fidei forma
sit caritas; Ibíd., a. 5).
51 La "fe racional" (vernünftige Glaube) de Kant no es la "fe meta-física" o
antropológica que hemos propuesto aquí, ya que es una convicción subjetiva con
validez objetiva (Cfr. GMS, BA 70; y nuestra Para una de-strucción de la historia
de la ética, § 15): Kant tiene fe de lo que Heidcgger tiene com-prensión del
ser. Kant cree lo que es com-prendido. La fe metafísica o antropológica de la que
hablamos es una convicción ontológica con validez meta-física. No sólo es nece-
130
131
sario superar el saber para que se dé el com-prender; es necesario aún superar
el com-prender mismo para que pueda revelarse el Otro como otro en la fe metafísica:
en la con-fianza.
52 América es el ser en bruto, la materia; Europa es el espíritu que descubre, la
forma (Cfr. Alberto Caturelli, América bifronte), que se toca al fin con la tesis
europeista (Cfr. Juan Sepich, Génesis y fundamento de Europa, en Europa, continente
espiritual, Instituto de Filosofía, Mendoza, 1947).
53 El análisis o hermenéutica existencial ontológico de Ernesto Mays Vallenilla,
El problema de América, no podía llegar sino a un callejón sin salida. Mal
puede definirse un pueblo a mitad alienado y a mitad encubierto en lo mejor de
sí: el pueblo indio, mestizo y pobre.
54 S. Kierkegaard, Postscriptum, ed. fran., p. 98.
55 Llamamos "universalidad analógica" el “todo” de la humanidad futura unificada
en la diversidad de sus partes integrantes, donde cada una, sin perder su
personalidad cultural puede sin embargo participar de una comunicación sin fronteras
de cerrados nacionalismos. No es la univocidad de una humanidad dominada
por un solo Imperio, sino una sola Patria universal en la libertad solidaria
de las partes. Por ello, no hay filosofía universal (abstracta, unívoca ni aún concreta).
No hay "filosofía sin más". Hay filosofías, la de cada filósofo auténtico, la
de cada pueblo que haya llegado al pensar reflexivo, pero no incomunicables sino
Comunicadas analécticamente: la palabra de cada filosofía es una -lógica.
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